26 may 2016

Alegato sobre una cierta Natita (o sobre la heroína del capitalismo)

Digámoslo sin rodeos: Natalia Compagnon me causa cierta simpatía... más que cierta, derechamente me cae bien. No me gustaría tenerla de amiga, de socia menos -no soy tan tonta-, por la misma razón que nunca tendría un gato: no se puede confiar en un animal más astuto, ambicioso y despiadado que yo. Esto no significa que me parezca que sea buena persona ni que considere que sea un modelo a seguir, pero sí me genera cierta fascinación malvada... así como Al Capone, otro emprendedor. Todos lo sabemos, Natalia es del tipo de gente que estaría dispuesta a vender a su madre, y sin ninguna cosquilla también a su suegra (aunque eso no sea tan meritorio), a cambio de un pedazo de torta más grande. Hay un no-sé-qué en su ambición piñerina, una cosa fresca de raja que me resulta simpática (y sí, obvio, entre más lejos de mí, más simpática). Es esa falta de decoro hasta el límite de no pagarle a sus abogados. Pequeña sinvergüenza.


Si la vida te da limones, Michelle...

No es que me cause admiración todo aquel que haga maldades; el desastre ecológico que están dejando los peces gordos (juro que lo escribí antes de lo de los salmones, soy una pitonisa... o yeta) no me genera ninguna gracia; ni tampoco el que se disfrace de civilidad y progreso el saqueo a manos llenas que hacen los próceres de la salud y la previsión (y ay de ti si el destino te proveyó de útero). Por no mencionar a nuestros encantadores y poco elegantes honorables, quienes todos los días, con un desparpajo talentoso, se dedican a mirarnos la cara de imbéciles y a sueldo fuera de mercado... por arriba, obvio. Por poner un ejemplo: Marco Enríquez Ominami (detengámonos un segundo: ¿MEO? ¿De verdad? ¿De verdad le pareció que MEO era la mejor forma de salir al mundo? Hola suegro, soy MEO... después de eso cualquier cosa) y su verborrea diarréica me dan urticaria supurante.

Monster Inc


El descaro de Natita no tiene nada que ver con eso: no es el del goloso que tiene mucho y quiere más, como el de cierto guatoncillo que se anda autoentrevistando por estos días; tampoco es el del maleante-ojito-azul-y-cara-de-bueno que se ofende cuando le pillan las cochinadas del papel cuya misión precisamente era limpiar; ni la deshonestidad de quien se proclama "soy un hombre honesto" y es tan cara dura que de verdad se lo cree. Natita se sabe malula y le da lo mismo, por eso me cae bien: porque es honesta en su cara de rajez.

Porque mientras una anda toda cagada tratando de emprender y de hacer las cosas bien, y caerle estupendo a todos y ser una dama; ella con espíritu pragmático se ríe de todo eso y le pellizca el poto al mundo. Porque ella es capaz de morder, sobornar, mentir y estafar sin que se le mueva un pelo, ni que la culpa se la cague entera. Una Scarlet O'Hara cualquiera, con una suegra que justo se gana los porotos por vender todo lo contrario (de hecho, que le haya tocado ser la nuera de la versión sin talento de la Angela Merkel, no es su culpa y su carrera criminal no tenía por qué verse interferida por azares familiares). Y es que en esta fértil provincia señalada existen dos tipos de mujeres: las que se identifican con la Quintrala (aunque no lo sepan o no lo reconozcan) y las que no (que vendrían siendo algo así como encargadas de biblioteca municipal o parroquiana bigotuda de la zona centro). Natita, obviamente es del primer tipo: una ratita advenediza y mal portada, con cara de yo-no-fui, capaz de destripar huérfanos por un poco de blin blin. Pura vocación.

Lo que me gusta de su estilo es que es algo así como la ardilla codiciosa de La Era del Hielo, un mamífero insignificante, egoísta y un poco feo, que nada tiene que ver con el peso majestuoso del gigantesco mamut o la elegancia del tigre dientes de sable, y que así, todo pichiruchi y chiquitito, deja la cagada por una bellota, o en este caso, un par de miles de milloncitos. Y eso es lo otro que me gusta: porque mientras una se requetecontra-caga de susto, ay-no-te-preocupes-cliente-corre-por-mi-cuenta-yo-debería-pagar-por-trabajarte-a-ti, cuando uno tirita entera por cobrar luquita más IVA; sus montos son de miles de millones de piticlines (y apuesto que ella encontraría de pueblerino considerar que sea tanto).

Y qué


Cuando supe que tiene mi edad me sentí interpelada. O sea, ella sale al mundo y a sus treinta y pocos ya está involucrada en una estafa de proporciones, ya puso en jaque un gobierno y salpicó de mierda a todo cuanto se cruzara por el frente. Hay que tener talento para algo así. Yo que siento que apenas me estoy sacando el pañal y ella ya tiene desarrollada una mente criminal para sacar partido con uñas y dientes a lo que se le ponga por delante. Mientras una se cree la mega empresaria-agárrate-Negro-Fernández-que-acá-vengo-yo matuteando cositas por Facebook, ella compra en Machalí y hace boby a empresarios astutos, metiéndolos en un enredo kafkiano sin siquiera inmutarse. Ídola. Si alguien logra meter en un enredo tan grande a pesos pesados (siempre son gordos), se ganó mi respeto. Mención aparte merece cómo hizo bailar a Gonzalo Vial, metiéndole el dedo hasta el intestino delgado, inventándole intrigas y entregándole asesorías plagiadas de Google, y no contenta con eso, pecharle el campo para casarse ahí mientras le estaba mirando la cara de estúpido sin pudor.

Es que mientras todos trabajamos como animales (burro, hormiga, elija usted su bestia), ella winner y digna hija de los nuevos tiempos, en que es más cool el que le da el palo al gato, que el que va de a poquito metiendo las monedas en el chanchito, juega a ganarle al sistema y se los salta a todos. Entonces ella no sólo encuentra los atajos, sino que, oh emprendedora, los inventa sin vergüenza ni reparos. ¡Es la heroína del capitalismo! Y obvio que da rabia el asunto, porque finalmente resulta que esto de ser buena gente, no pasarse los semáforos rojos ni meterse en contra para ahorrarse la vuelta del tonto, decir la verdad, pagar los impuestos y todo eso que el pelotudo de Pepe Grillo anda pregonando por ahí, no correlaciona con la calidad de vida, mucho menos en la selva que es Chilito y sus alrededores. Y es que, hay que decirlo, el más vale pobre pero honrado es bien como las pelotas.


7 ene 2016

Gimnasio (O sobre las torturas de la vida moderna)

Siempre dije que el deporte mata, que las zapatillas son peores que las siete plagas de Egipto y que preferiría la inanición a controlar la inevitable fluctuación bascular por medio de mover el esqueleto. Y resulta que en una muestra estupenda de coherencia, o signo inapelable de tumor cerebral, desempolvé mi buzo horrendo y con la misma determinación de soldado que va  a la guerra, partí al gimnasio a inscribirme, no por uno, ni dos, ni tres, sino que por seis meses (en mi defensa, la promoción era irresistible...).  ¿La razón? Sería impúdico confesar unos kilos de más o los incipientes estragos de la fuerza de gravedad, así como la malvada e inclemente huella del tiempo, por lo que quedemos en que fue una de esas cosas raras e incomprensibles que hacen las mujeres.

Llegó el momento de ir al gimnasio


La primera experiencia, porque la prudencia y el partir de a poquito es un pensamiento sensato que no se me da, fue una clase de spinning. Rico. ¿Cómo ocurrió que uno se termine sometiendo voluntariamente a semejante tortura patentada por la DINA? ¿Quién diablos puede ser tan masoquista de estar una hora pedaleando como imbécil, transpirando amazónicamente y al borde del infarto (o en mi caso, del llanto incontrolable)? Si la vida ya es difícil y malvada, si el día a día ya es una patada en nuestro dulce, tierno y maltratado potito, ¿por qué, Señor, por qué diantres participar de actividades rudas y que tienen poco amor? Juro por Dior que yo no tenía idea de nada de esto cuando, oh ingenua y estúpida, entré a la primera clase. Con la arrogancia del ignorante pensé "no puede ser tan terrible, obvio que voy a ser ultra-seca-deslúmbranos-con-tu-talento porque tengo un arma secreta: durante un año me he ido todos los días a la pega en bici, atentos mortales que acá viene su líder". Menos mal me quedé calladita cuando el profesor se me acercó para explicarme cómo funciona el artefacto. Menos mal. Porque la humillación ya fue bastante grande. El resto del grupo se veía variopinto: la típica neurótica flacucha y medio engrupida, el pelado parrillero simpático obligado por la señora o el doctor, la universitaria entusiasta, el joven profesional y, por supuesto, la gorda con pinta de bosta que hará que uno no pierda el honor. Tres minutos bastaron para que el profesor se acerque a mí con cara de preocupación y circunstancia para preguntarme si tengo problemas al corazón o si me habían trasplantado hace poco, porque nunca en su vasta experiencia había visto un desempeño tan lamentable. Gracias. Tuve que escapar de ahí: "que me tengo que ir, sí, tengo una reunión un poquito importante, es que bueno, sí, Obama y Putin me están esperando, resolveremos el conflicto en Medio Oriente". Todos se dieron cuenta de mi indigna huida. Nunca más volví.


No pueden hacer nada sin mí

Pero como ya había firmado el contrato por seis meses, y peor, ya los había pagado -brillante, Anna, cada día es una nueva superación-, me armé de valor y seguí yendo a levantar pesos y desarrollar músculos que durante años, muchos, han estado viviendo en el mundo de la perezosa felicidad. Entonces mi rutina mutó por los suaves parajes de las máquinas de pesas. Si uno no lo piensa, no es tan desagradable y se va despertando una cosa medio competitiva en que toda tu vida se juega en poder levantar cinco kilos más sin que la fuerza se escape de forma bochornosa.


Homero es de los míos


Con la habitualidad empezaron a surgir cosas que jamás se me habían pasado por la mente. Por ejemplo, la tenida. Desde que tengo uso de razón, nunca me ha gustado ser un mamarracho; herencia de mi madre (gracias mamá, mi billetera te lo agradece...). Pero entiendo que la elegancia tiene que ver con el contexto y es obvio que si voy a transpirar como esquimal en pleno metro de Santiago y hacer movimientos inconfesables a plena luz del día, entonces basta con un saco de papas. Primer error. Llegué con mi buzo polvoriendo, mis zapatillas compradas en la época de colegio (juro que es cierto) y una polera que se ha salvado desde que tenía 15 años de ser paño de sacudir, y fue bastante similar a cuando el más nerd del highschool le confiesa su amor a la jefa de las porristas al lado del mariscal de campo: absolutamente todos me miraban con esa risita  maligna que hace que tu corazoncito se muera de a poco. Entonces, como a mí me gusta el bullying sólo cuando es autopropinado, partí a comprar una indumentaria que me ayudara a pasar desapercibida. Segundo error. Porque la sección de deportes evoca sin pudor los colores de Candy Crush en talla ultra XS, por lo que es imposible -repito IMPOSIBLE- usar colores que a) sean sobrios, b) sean combinables, c) no recuerden a las vitaminas C. Y tan apretadito. Inocentemente, cuando ya me conformé con el fucsia y el verde limón, busqué algo que no tenga las pretensiones de ser una segunda piel. Es que, si voy a ir al gimnasio es precisamente para hacer desaparecer aquellas redondeces que no quiero que se anden asomando por ahí, entonces ¿por qué recontra diablos estos genios de diseñadores sádicos y malditos se ganan los porotos creando ropa que no dejará absolutamente nada a la imaginación? ¿Y qué es esto de derrochar arribismo por ahí al creer que los chilenos tenemos cuerpo de nórdicos? ¿Por qué diablos hacen todo tan largo? "¿No hay ropa para gente normal? ¡Es la tiranía de los flacos, discriminan a los gordos!", grité en la tienda, mientras juraba y rejuraba que todos iban a empatizar con el horror que es parecer bombita de agua. Tercer error. Porque en el mundo del deporte todo es ultra cool y sin esfuerzo y a nadie parece importarle estas cosas tan loosers como sentirse incómodo o definitivamente idiota.

Han pasado algunas semanas y ya tengo archienemigos (mi chico guapo insiste que soy una especie de imán de archienemigos), a la cuales detesto con toda mi alma. Una es una maldita gusana: una cabra larguirucha e indolente, con su metro setenta, sus piernas kilométricas, su pelo largo y brillante, y su guata tan plana que se le marcaría si come un dulce. La odio. Porque mientras yo figuro en la elíptica transpirando hasta mis pensamientos a una velocidad tortuguesca y redactando en voz alta mi testamento; aparece ella, con esa ropa horrenda, que a ella sí le queda bien y, no contenta con eso, en vez de oler al fin del mundo huele a Ariel y Soft. La odio. Otra es una ridícula entusiasta, que disfruta toda esta tortura, que está a punto de morirse al llevar a su cuerpo a un extremo absurdo, pero con una sonrisa de placer la muy maldita. ¿Qué pasa con ella? Otro es la copia (in)feliz de Woody Allen: un enanito miserable (cómo tendrá que ser de tacuaco para que yo lo diga) y gritón, que se cree ultra especial y que habla con gestos exagerados y piensa que todos se tienen que reír de sus desvaríos y se cree el rey del lugar siendo completamente ridículo... (...quizás no sea tan desagradable después de todo).

En fin, el gimnasio es un lugar espeluznante y las endorfinas no son la maravilla que prometen ser. Por eso me invade una ira-profunda-dónde-está-mi-lazallamas cuando los amigos de lo políticamente correcto, la vida sana y todas esas patrañas, me hablan con tono condescendiente para repetir las maravillas del deporte y lo hermosamente hermoso que es mover las piernas. Como si esto fuera lo más natural del mundo -obvio que desde tiempos inmemoriales leones, monos y koalas se dedican una hora al día a subir y bajar las patas, levantando cocos cada vez más pesados- y no la consecuencia de tener que estar cerca de 50 años de nuestras vidas cuadrando el poto en un escritorio frente a un computador en horario de oficina (y también sonriendo como tarados, porque qué rico y viva el trabajo, sííííííííííííííííí), mientras nuestro cuerpo reciente la esclavitud inactividad, poniéndonos fofos y feos.


Sí, es una mierda

... pero ya será ese tema para más adelante.