8 may 2014

Maldito jefe (O sobre cómo permites que un adulto te llame gusano por diversión)

En un lugar de Santiago, cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo había una oficinita simpaticona y desastrosa donde se hacía de todo menos trabajar. Se hacían rifas, se comía helado, se hacían masajes y se organizaban ferias de las pulgas. Se trataba de una oficinita de ventas -aunque parecía que nadie se había enterado de eso aún- en que nadie salía a vender y todos se dedicaban a jugar Candy Crush.
 
 
 
Llegar a la meta mensual era algo así de milagroso 
 
 
Pero lejos lo más divertido de la oficina eran sus jefes, porque si bien era una PYME que nada tenía de ME y mucho de PY, todos eran jefes. Había una Jefa-Jefa, una Sub-Jefa, una Jefecita y dos Alumnos en Práctica Senior; además había un Coordinador, una Supervisora y un Encargado. La mitad de ellos trabajaba media jornada y la otra mitad creía que tenía horario de gerente. El resultado era que en las tardes los alumnos en práctica jugaban a tirar avioncitos de papel con los balances, bien escondiditos eso sí, porque sino las jefas los acusarían de despilfarro.
 
Los jefes son un caso y la relación con ellos siempre va a ser rara -después de todo, se trata de un adulto que le dice a otro adulto qué hacer, cuándo y cómo, que lo evalúa, que tiene el poder de retarlo si se le da la gana, y al que se le debe pedir permiso ...no sé a ustedes, pero a mí todo eso me suena raro-. Y ni siquiera tiene que ver con su forma de ser, basta con que al compañerito-hermano-regalón-todos-te-amamos-quiero-ser-como-tú lo asciendan para que todos se alejen de él como si tuviera ébola. Hay jefes buenos -y se agradecen-, jefes malos y jefes que debieran ser torturados en la plaza pública... de esos voy a hablar.
 
 
Cruella de Vil
 
Usualmente mujeres flacas, neuróticas y semi bonitas, pero malvadas, muy malvadas. Con instinto asesino. Es el tipo de jefas ultra exigentes, que no entienden cómo eres tan blandengue de no ser capaz de destriparte por el trabajo. Ellas se ponen de modelo a seguir y les parece evidente que si manejan al dedillo todos los asuntos de la pega, entonces tú infame renacuajo, debes hacer lo mismo sin que tengas el privilegio de que te explique, porque es obvio-cómo-no-se-te-ocurrió-liliputense-remedo-de-ser-humano que tienes que usar telepatía y leer su mente -eso es lo que ella entiende como proactividad-. Es capaz de comerse a sus hijos a mordiscos y asesinar a su madre a combos con tal de ascender. Por lo que a ti te hará explotar como fuego artificial para que ella brille.
 
Es capaz de decir las peores atrocidades y aplastarte como un gusano sin que te des cuenta. Disfruta cada vez que tienes que pedir una hora donde el psiquiatra y se alimenta de tu sufrimiento, inseguridades y noches de insomnio. Le gusta cuando lloras con hipo porque siente un poco de calorcito ahí donde se supone que tiene que haber un corazón. Te quitará toda la dignidad que puede tener un ser humano y no dudará en hacerte bailar como un monito.
 
Obviamente paga un moco y si puede contratarte a plazo fijo, no dudes que lo hará para ponerte a prueba y hacerte sufrir. Por definición siempre-siempre-siempre -salvo que seas una perra despiadada y sin corazón- te va a ganar, por lo que no trates de hacerte la súper-muy-bacán-acá-te-las-traigo-Peter, porque podrías terminar con el cuello dislocado.
 
 
Créanme, una vez trabajé para una de esas y casi pasé a saludar a San Pedro
 
Ah, si eres hombre estás salvado, pero puede que quiera seducirte.
 
 
 
Montgomery Burns
 
Devoto de la Virgen del Puño y amante de la reducción de costos para aumentar sus utilidades, te exprimirá como un limón apenas tenga oportunidad. Le gusta andar en un Audi, pero pagando el precio de un Lada, por lo que el computador de tu oficina será marca Samsunq, compartirás silla con tu compañerita de oficina e imprimirás usando papel confort por ambos lados. Olvídate de cheque restaurant, bonos, aguinaldos y días libres para tu cumpleaños porque-acá-señores-se-viene-a-trabajar.
 
Sería la definición del jefe egoísta-mano-de-guagua si no promoviese una generosidad sin precedentes respecto al nivel de entrega que tienen que tener sus empleados. Para él no hay diferencia entre su iPab y tú: ambos tienen que rendir al máximo y a mínimo costo. Te hará entender que tu deber es ser su propiedad, porque él es el rey del universo y tú sólo baba de ratón podrido. Si él se levanta a las 5 de la mañana, entonces tú a las 4 tienes que estar con los dientes lavados, porque tienes que estar comprometido con SU empresa. Usaría un látigo para motivarte, pero sospecha que tal vez a los comunistas-resentidos de la Inspección del Trabajo no les haría mucha gracia. Aún así, le tienta la idea y no lo ha descartado completamente.
 
 
Lo peor de todo es que no sabes cuánto odiarlo
 
 
 
Teniente Bello
 
No tiene idea dónde está parado, ni qué hay que hacer  y por su culpa ya has tenido tres cirugías reconstructivas de tanto que te muerdes la lengua para no gritarle que es un idiota. Su nivel de imbecilidad es tan sorprendente que los científicos aún se preguntan cómo lo hace para respirar. Es la prueba viviente de que Darwin estaba equivocado con todo eso de la ley del más apto. Es un completo descerebrado y lo peor es que tu trabajo depende de él, cosa que no parece importarle mayormente porque él es un afortunado y agradecido de la vida. 
 
Tiene un talento insuperable para tomar constantemente la peor de todas las opciones, porque tiene esa insoportable manía de mirar muy detenidamente la hoja de un solo árbol -nunca supo que hay un bosque-. Se caracteriza por su tenacidad para cometer estupideces y por la dedicación con que se esmera para meter las patas. Se apoya en la autoridad que tiene para hablar cuanta imbecilidad se le cruza por la cabeza y espera con sonrisa cándida que le aplaudan todas sus gracias.
 
En definitiva, es violentamente imbécil, pero te lo tienes que callar mientras arreglas todas las pavadas que hace, por lo que tienes que trabajar el doble mientras que el perla se va temprano a su casa.
 
 
Todos sabemos que en verdad tiene razón
 
Si además es inseguro y cobarde temeroso, recomiendo comenzar a redactar la carta de renuncia, porque le tendrá tanto miedo a los clientes que no dudará en aceptar todo lo que pidan y te dirá a ti que lo hagas. ¿Que el vendedor debiera bailarles can-can junto a pastores alemanes hambrientos? No faltaba más. ¿Quieren que construyamos con material de los anillos de Saturno? No hay ni que pedirlo. ¿Les gustaría que todas las mujeres trabajen en topless para ustedes? ¡Tienen toda la razón, santos señores!


Doctor House

Le importas un bledo y cree que te llamas Gusano Estándar. No es su intención hacerte miserable, porque le importas un bledo y la única relación que quiere tener contigo es estrictamente laboral, ojalá con el menor cruce de palabras posible, por eso nunca desperdiciará saliva diciéndote estupideces como por favor y gracias. Aún así, se cree muy simpático e ingenioso con los dardos que tira, pero hasta su madre lo odia, cosa que tampoco parece tenerlo muy preocupado. Es el dolor de cabeza de Recursos Humanos, porque sabe que nunca-jamás lo van a echar porque es un genio -o tiene convencido a todo el mundo que es un genio, lo que para el caso es lo mismo- y tú deberías dar las gracias por dejar que te martirice. Es más, tú deberías pagarle a él para que te enseñe.

Es el único que te dirá en tu cara lo estúpido que eres y lo odiarás porque probablemente tenga razón. Posee la acidez de un limón y sus palabras pondrían a llorar como niña chiquita hasta a Osvaldo Andrade.

Piensa que los insultos son un deporte saludable y su tono basal de voz es al menos 20 decibeles más fuerte de lo normal. Cuando habla suave tiembla en el norte; y si se modera para no gritarte, muere un niño. Eres incapaz de distinguir entre su estado de enojo y el de furia mortal, y le tienes tanto miedo que alejas todos los artículos filosos con los que podría matarte. Lo peor es cuando sonríe, ahí sabes que estás frito.



Te ha gritado tantas cosas que ya olvidaste tu nombre



 
El Conde Drácula

Un maldito chupasandre. Se trata de jefe sin talento, inepto absoluto, gusanillo rastrero, que ha sabido ascender por medio de posicionar buenas ideas... tus buenas ideas. Se trata del jefe-garrapata, que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir por sí mismo y por eso se pega a ti como lapa para vivir de tu sangre, robarte tus ideas y quedar como niño lindo delante de su propio jefe.

Suele engañar a ingenuos bienintencionados invitándolos a desarrollar juntos tal o cual iniciativa del pajarito en cuestión -digamos un nuevo-producto-súper-mega-bacán-que-todo-el-mundo-va-a-querer-tener-, lo que por supuesto significa que el pobre cristiano hará todo el trabajo bajo el beneplácito de su jefe-cucaracha, quien luego le inventará con cara de penita alguna excusa del tipo no-hay-presupuesto o el-directorio-decidió-parar-los-proyectos-de-este-año. Tiempo después nuestro adorable trabajador se sorprenderá con el nuevo anuncio de que su traicionero jefe ha recibido un súper mega bono por la propuesta de una idea que implicará un salto revolucionario en el mercado: nuevo-producto-súper-mega-bacán-que-todo-el-mundo-va-a-querer-tener. El bonus track es que después al empleadito víctima le llega reto por su falta de iniciativa y se lo insta a seguir el ejemplo de la maldita rata que le robó la idea.


Este es su aspecto real


 
Espinita
 
Es la más pura definición del arribismo laboral. No es jefe y tampoco es su amigo -de hecho, el jefe secretamente lo odia- pero quiere serlo y todos sus movimientos cotidianos apuntan en esa dirección. Es el malvado que se cree llamado por Dios a velar por las buenas prácticas del personal, por lo que espía a los demás, anota sus movimientos y secretamente le informa al jefe qué es lo que cada uno habla por teléfono y cuántos minutos se quedan viendo Facebook. Es el primero en llegar, no porque sea más responsable, ni porque viva más cerca, sino porque quiere acusar a los demás si se atrasan un cuarto de segundo. Es el nazi del horario... de tu horario. Se debe sospechar de todo aquel que ante conversaciones-poco-diplomáticas-de-oficina se hace el que está trabajando, no opina y se para rápidamente sin rumbo a la cafetera, la impresora o el baño: seguro que el muy maldito es un Espinita que va corriendo a acusarte al papá-jefe.
 
Sus compañeros lo detestan porque manda mails llamando la atención o dejando mal a los demás; mails en que tiene la delicadeza de copiar hasta al Papa para que se entere de tus faltas. Apenas tenga una miserable cuota de poder la va a usar... en tu contra. Es el rey de los codazos, de los pisotones y de los mordiscos con tal de ascender. Zalamero hasta el asco, pierde su tiempo haciendo tablitas y planillas que muestren su eficiencia en un desplante de automarketing sin precedentes. Es capaz de hacerle las tareas a los hijos del jefe con tal que le den un poquito de amor.

No conoce la vergüenza y tiene el descaro de pedirte favores con tono gerencial, delegando parte -a veces gran parte- de su trabajo en ti-. Campeón indiscutido de la manipulación y de la barsedad, te va a decir que no te cuesta nada, que no te va a quitar más de cinco minutos y que lo más fácil es que te detalle todo en un mail. Tú -gran estúpido- pensarás en las bondades del trabajo en equipo, la sinergia, el hoy por ti mañana por mí y todas esas pavadas que repite la psicóloga laboral de la empresa y que suenan muy parecido a lo que tu mamita te decía cuando eras un niño chico. Entonces apenas te llegue el famoso mail explicativo -que tú encontraste algo exagerado porque después de todo eres capaz de retener una o dos instrucciones- y notas que apenas tu outlook te dio aviso, alguien salió corriendo de la oficina cual Flash. Entonces lo vez y lloras, no sólo porque es eterno, sino que además va con copia al jefe. Y te dispones a quedarte a acampar en la oficina porque el muy maldito te estafó de nuevo -¡de nuevo!- y te hizo creer que un favorcillo es igual a 6 semanas de trabajo.
 
 
 
No debiera haber clemencia para este engendro repugnante
 
 
Si notas que tus compañeros se callan cuando te acercas o -más sospechoso aún- empiezan a hablar de pega de un modo sospechosamente general, toma nota: eres Espinita.
 
 
 
 
 
 
 

3 abr 2014

Vacaciones del terror (O sobre cómo algunos me van a querer linchar por este post)

¡Momento, momento!

Esta historia empieza un poco antes. Un año antes, cuando  fuimos de vacaciones a Perú. Y si bien hubo inconvenientes más o menos importantes (terminé detenida y no pude conocer Machu-Picchu, todo cortesía de la tropa de ineptos-ineficientes-y-malvados-nos-gusta-hacer-llorar-a-los-turistas de Perurail (algo así como el EFE privado-arcaico-qué-onda-que-no-conocen-internet-malditos-Picapiedras, ya contaré ese cuento)), pese a todas las penurias (también pasamos cuquito porque bajando por un cerro en una micro de los años 70 chocamos con un peñasco en la mitad de la carretera y por poco nos caímos a un barranco asesino), fueron unas vacaciones estupendas y juro y rejuro que amé Perú y quiero volver. De hecho, quedamos enamorados y volvimos a Chile pensando que Chilito es un país de la contumelia y triste, en que estamos todos estresados, explotados, alienados y podridos, corriendo de allá para acá para que algún zopenco tenga más lucas en sus bolsillos, con la esperanza de que nos caiga alguna miguita que nos haga felices por un ratito. Y estábamos convencidos que tanto desarrollo no podía hacernos felices, que los malls eran la encarnación del demonio-maldito-Paulmann-sabes-en-qué-lugar-corporal-quedaría-fantástico-tu-mega-edificio y distintas lanerías del tipo que la opresión y comunisterías varias.
 
Entonces pensamos, si Perú nos gustó tanto, si su riqueza cultural nos maravilló y conmovió hasta el tuétano y la pelusita del ombligo, entonces obvio que Bolivia nos va a gustar más aún y no vamos a querer salir de ese país bendito y gritaremos con emoción llévense-todo-el-mar-y-los-ríos-y-hasta-el-jugo-que-tengo-en-el-refrigerador. El argumento nos parecía infalible y si bien no fueron pocos quienes intentaron detenernos con sus caras-de-es-broma-nadie-puede-ser-tan-engrupido, compramos nuestros pasajes y nos preparamos imbéciles felices para las mejores vacaciones de nuestras vidas (me odio). Y como lo TOC se me escapa a veces y soy estructurada-latera, hice un cronograma para tener una idea de qué vamos a hacer, pero sabiendo que las cosas podían ser un poquito más desorganizadas allá, así que incluyendo harta flexibilidad.
 
Ok, díganlo, díganlo:
 
 
Estoy convencida que ante la estupidez infinita el bullying no sólo está permitido, sino que es obligatorio
 
 
 
El viaje partió así: para ir a cualquier lugar del mundo, desde los sofisticados países nórdicos, hasta el Congo o cualquier otro país que siempre está en el último lugar de los rankings de lo que sea, uno toma un avión que sale del aeropuerto internacional, porque todo el mundo sabe que si uno cruza la frontera está en otro país y, por-lo-tanto-es-de-perogrullo-no-puedo-creer-que-haya-que-explicarlo, es algo internacional. Obvio. Y como es tan obvio, para Bolivia no aplica. Porque el vuelo Santiago - La Paz, señores, sale del terminal nacional, lo que significa nada de Duty Free para mí. Eso es una tragedia, porque si yo pago sobre 100 lucas en un pasaje de avión, espero que el mundo me lo reembolse con la oferta de chucherías sin impuestos... Esto debió despertar alarmas, pero no, porque en esa época me las daba de hippie-anti-sistema-soy-la-reina-de-la-paz-eliminemos-las-fronteras-y-cultivemos-flores.
 
 
 
Algo por el estilo
 
Aterrizamos en La Paz y la falta de aire de verdad que se nota. Entonces uno se pone un poquito estúpido, un poquito grogui, un poquito me-voy-a-desmayar-quién-fue-el-chistoso-que-planificó-una-ciudad-a-4-mil-metros-sobre-el-nivel-del-mar.
 
Para no latear con los pormenores y cada detallito que despertaba mi ira profunda, además del terror justificado que nos inspiraba el tener que decir en voz alta que somos chilenos, sinónimo evidente de Voldemort, voy a hacer un súper ultra resumen condensado. Porque en cierto sentido, estas vacaciones fueron como una partido de fútbol entre algo así como la selección de Brasil o Alemania y el equipo de baby del geriátrico El Abuelito Lindo, donde yo salí trasquilada sin ninguna misericordia.
 
 
Las carreteras: Bolivia: 1 - Anna: 0
 
Resulta que la sierra es una zona bastante alta en plena Cordillera de Los Andes, llena de barrancos bestiales y con carreteras que son una especie de broma macabra. Sumado a eso, los autos, buses y cualquier cosa con motor son de la época de los dinosaurios y sospechosamente carentes de cosas tan absurdas como revisión técnica, bujías y frenos. Y por si fuera poco, el boliviano no se caracteriza por su cautela y espíritu ACHS, pero sí por su estilo práctico aunque nada cívico, razón por la que siempre-siempre-siempre-siempre tomará las curvas por el lado corto. Si eso implica cambiarse de pista; da igual. Si eso implica cambiarse de pista dando vuelta a un cerro y sin ninguna visibilidad: pero si paso rapidito. Si eso implica cambiarse de pista dando vuelta a un cerro y sin ninguna visibilidad con una lluvia torrencial; ¿qué diablos tiene que ver el clima en todo esto? Por eso en Bolivia la principal causa de accidente de transito es el choque de frente. Notable.
 
Pero yo no sabía tanto detalle y con la candidez e ingenuidad de quien espera que si las cosas existen es para que se respeten, me subí a un busecillo destartalado rumbo a la muerte el lago Titicaca. Juro que pensé que iba a morir y ya me imaginaba la crónica que harían sobre nosotros en los diarios chilenos. Porque mientras esta bestia con permiso de manejar encontraba simpáticas sus acrobacias automovilísticas, yo me acordaba de mi pasado religioso conservador y desempolvaba por si las moscas los padrenuestros y demases. Y juro que vi el túnel y a angelitos querubines a poto pelado. Y comencé a planear mi venganza post-mortem, imaginando cómo vendría a atormentarlos a todos convertida en fantasma. Y me puse blanca y verde y de todos colores. Y me puse a llorar a gritos, con tanta indignidad y moquito que todavía me acuerdo con leve vergüenza.
 
Y esa no fue la última vez. Nop.
 
Porque si bien todos los viajes son una salto al vacío en que uno implora que si la mugre de bus choca, por favor que sea mientras duermo, acá las cosas fueron distintas. Queríamos viajar de Sucre (linda ciudad, debo reconocerlo) a Santa Cruz (imitación de Franklin... sin desmerecer Franklin) para ya finalizar la tortura el viaje. Como nota anecdótica, cuando googleé cómo llegar de Sucre a Santa Cruz, lo primero que apareció fue la noticia de un terrible accidente de un bus desbarrancado debido a las espantosas-e-indignantes-para-todos-menos-para-adivinen-Bolivia-condiciones-del-camino. Como personas bien portadas compramos nuestro pasaje con anticipación y después de una lluvia espantosa y torrencial hay-un-tipo-por-ahí-reuniendo-animales-en-parejas-y-construyendo-un-arca, en que la autoridad no sé qué advertía que las rutas estaban peligrosísimas y pedía cuidado a los conductores, en ese contexto vimos nuestro bus. No sé cómo explicar con objetividad lo que vi. Creo que basta con decir que pensé "tengo absoluta certeza que si me siento ahí moriré esta noche". Haciendo una analogía y para que usted, estimado lector, se haga una idea de lo que sentí en ese momento, sería más o menos como ver esto:
 
 
 


 
Juro que en comparación esto está impecable... y ni hablo del olor porque sería grosero
 
 
Entonces ante mi desesperación y parálisis nerviosa, en que sólo lograba vociferar sin ningún pudor ni elegancia improperios poco diplomáticos y dignos de la expulsión inmediata del país (lo hubiese agradecido), mi adorable compañero preguntó con la seriedad y temple que lo caracteriza -todo lo que es el complemento- por las condiciones de seguridad del viaje. El encargado, un imberbe de 15 años recién entrado a los estragos de la adolescencia, lo miró con la misma extrañeza como si le hubiese preguntado sobre física cuántica en chino mandarín avanzado. Al insistir respondió que lo más probable es que haya que bajarse a empujar el bus en algún momento de la noche, con harto cuidado eso sí porque el camino no estaba iluminado. Al preguntarle con más detalle si hay muchos accidentes respondió, cito textual, "bueno, eso ya dependerá del destino".
 
¡¿QUEEEEEEEE?!
 
Huelga decir que ante la respuesta hubo más llanto, más moco y más tiritones nerviosos, más imágenes sobre mi funeral y las nubes del cielo (después de esto, me importa un comino que nada de eso exista: yo me gané el cielo y punto).
 

 
El sistema de transito: Bolivia: 2 - Anna: 0
 
Hace algunos días leí en La Tercera que Orrego, nuestro pernito y motivado nuevo Intendente Metropolitano, decía que tenemos una ciudad poco amable para los peatones y ciclistas, todo para hacerle nanai a las personas que van en auto. Lindo él. En La Paz los semáforos, pasos de cebra y discos pares son parte del decorado solamente. Los cedas el paso son tan estúpidos e incomprensibles que prácticamente no se dan la molestia de ponerlos. Por esta razón, los peatones son como una tropa de gallinas que corren despavoridas por su vida y que a nadie le importa tirarles el auto, camioneta, camión o buldócer encima.
 
 
 
 
No encontré una gallina con gorrito, pero esa es la idea
 
 
No miento si digo que ante tanto caos llegué a preguntarme si en Chile no tendremos sobrevaloradas cosas tan burguesas como la seguridad y la vida humana. Eso sí, al llegar a Iquique lloré de emoción y patriotismo cuando puse mis piececitos en la calle y todos los autos pararon.
 
 

 
Las gracias de Evo: Bolivia: 3 - Anna: 0
 
Una de las cosas simpáticas de Bolivia es que la palabra vale huevo y la planificación es algo tan ridículo-impensable-espantoso como puede ser la educación gratuita para la UDI. El sí es no sé y el no es azul. Las reglas del juego pueden cambiar en cualquier momento, así como los precios, los horarios y el sistema métrico. Las horas a veces duran 20 minutos y otras 70, y en realidad es cosa de extraterrestres esto de andar preocupado por la precisión.
 
Por eso, cuando uno de esos días Evo Morales anunció, para regocijo de sus compatriotas, que iban a expropiar el aeropuerto, a nadie pareció extrañarle y si bien me preocupé un pelín por la seguridad no me importó tanto, porque a esas alturas ya había decidido que nunca-por-ningún-motivo-y-bajo-ninguna-circunstancia-prefiero-la-lepra-antes-de-retractarme volvería a pisar Bolivia. Sin embargo, cuando el terremoto vino con réplica y se anunciaba que desde ese mismo día se le prohibía a Lan Chile operar en Bolivia, se me revolvieron las tripas, se me heló la sangre, tirité con terciana y les dejé un mar de transpiración nerviosa.
 
 
Recreación-para-nada-alterada de mi cara de muerte
 
 
Y como pensé -todavía no aprendía- que Evo hablaba en serio y que la medida sería efectiva inmediatamente, porque resulta que soy tan zopenca que pienso que si un Presidente de la República toma una medida y la anuncia al país con seriedad y parsimonia, entonces la medida obviamente tiene efecto, entré en pánico y me imaginé cruzando la frontera con las piernitas que Dios me dio al mero estilo Diego-de-Almagro-y-su-súper-paradisiaca-expedición-descubre-Chile-esto-es-justo-lo-que-soñé-durante-todo-el-año-para-mis-vacaciones-mientras-trabajaba-como-burro.
 
O peor, que me quedaría ahí para toda la vida y moriría en La Paz y nunca más volvería a la tierra de la ley y el orden (porque a esas alturas para mí Chile era sinónimo de Suiza y quería abrazar un semáforo, tirarme de guata en un paso de cebra y darle un beso de agradecimiento a un carabinero). O peor aún, que me tendría que volver en avión boliviano y morir de angustia (recordar el horror de los buses).
 
 
Gracias Evo por producirme la peor de las diarreas de la historia de las tripas
 
 
 
Finalmente no pasó nada, porque por allá se habla mucho, pero nunca pasa nada. Los aviones de Lan siguieron con todos sus vuelos programados e igual de sobrevendidos que siempre (te odio Lan, pero eso es otra historia).
 
Y logramos llegar a Iquique, donde pude respirar con calma nuevamente. Mi felicidad fue completa y absoluta y me importó un comino que las Isapres nos desplumen, que las AFPs, que la educación, que la salud, que el Transantiago. Y amé a todos y cada uno de nuestros políticos, desde el insoportable Larraín hasta al cara-dura-cómo-siguen-votando-por-él de Girardi. Y me saqué el sombrero ante nuestros empresarios multimillonarios. Y me sentí en el jardín del Edén y quise cantar el himno nacional a todo pulmón.
 


 
Hice lo mismo al volver a Chile. No es broma
 
 
Las lecciones fueron evidentes:

1. Bolivia es un país con fecha de vencimiento; si no vas a los 20 y buscas pasar en estado de ebriedad todas tus vacaciones, entonces evítalo.
2. Si dispones sólo de 3 semanas al año de vacaciones, no seas tan bestia de ir a Irak, el Congo o Bolivia.
3. Habiendo tantos países en el mundo, estando Perú, Argentina, Brasil, Ecuador, y Colombia a la vuelta de la esquina ¿por qué, Dios mío, por qué por tus neuronas maltratadas pasan impulsos que hacen que pienses que Bolivia es una alternativa? ¡Qué pasa contigo!
 
 
 
 
 

26 mar 2014

Entonces ahora comemos lechuguita (O sobre la ira incontrolable que me despierta la vida Sportlife)

Recuerdo con nostalgia aquella época maravillosa en que las cosas daban un poquito más lo mismo y nada era tan tremendo. Los niños jugábamos Nintendo y tomábamos café, comíamos chispop y ramitas, y en las casas siempre-siempre-siempre había negritas o algo así. Era la época dorada en que en los cumpleaños había bebidas de distintos colores y uno las mezclaba con la misma seriedad y precisión que un químico mezcla compuestos raros en sus tubos de ensayos, deseando secretamente que el menjunje haga explosión. Las mamás no se veían forzadas a inventarte que las manzanas son mucho más ricas que los helados, porque se sentían tan culpables con salir a trabajar que ni se daban cuenta qué estaban comiendo sus hijos. A nivel del país, las autoridades de salud se preocupaban de temas que ya ni me acuerdo, y no había un ministro fui barrigón-pero-ahora-que-ando-esbelto-seré-el-grinch-de-la-diversión-de-todos (maldito amargado-cuenta-calorías). Los gimnasios eran una cosas muy rara y la ropa deportiva estaba reservada para deportistas (el resto nos dábamos cuenta que, en verdad, es horrible).

 Me acuerdo que mi abuela fumaba, y fumaba harto, y los nietos nos teníamos que aguantar o irnos a jugar a otro lado, porque la abuela era la abuela y nica iba a dejar de fumar en el sillón más cómodo del living. Porque antes se fumaba adentro. Antes se fumaba en las oficinas. Antes se fumaba.

Y dicho de una vez: odio la vida sana. No porque sea tan idiota de defender que era mucho más sexy andar con olor a cenicero, sino porque se ha convertido en un imperativo moral de primera línea, y todos los precursores de la vida sana andan como nazis-fiscalizadores-voy-con-mi-garrote-a-matar-infieles-mírenme-soy-como-Gandhi. Entonces ahora todos los tontones andamos comprando súper alimentos (que cuestan un ojo-del-cráneo-qué-onda-la-chía-casi-se-me-cayó-el-pelo-cuando-vi-el-precio) y recitando como los bobos que los carbohidratos no se mezclan con las proteínas, salvo cuando hay luna llena, la bolsa está subiendo y la Bachelet anda vestida de verde.



Lo intentaron, pero nadie iría a ver "Charly y la Fábrica de Arrocitas"


Porque sí, yo también he ido sucumbiendo a la súper-vida-sana-para-nada-es-una-moda-para-secretamente-vernos-más-lindos. Fue de a poco, casi sin darme cuenta y de repente ya estaba enredada en las garras de la insípida y aburrida salubridad.

Antes, en los tiempos hermosos en que los conejos corrían alegres por las verdes y soleadas praderas de la felicidad, yo fumaba y era un placer irresistible y bailaba como el hada mágica color lila que habita entre unicornios cantando un vals en do mayor con una voz hermosa y para nada echa bolsa por el humo. Pero un día, imbuida por las tinieblas de la conciencia y mal aconsejada por el cansancio luego de subir escaleras, decidí que ya estaba bueno. Entonces regalé mi encendedor regalón y la caja de cigarros que tenía en la cartera (y la que tenía de repuesto en el velador (y la que tenía escondida por si acaso)) y dije "no puede ser tan difícil".

Grave, gravísimo error. Porque yo pensaba que si la gente común y corriente lograba dejar de fumar, considerando que el promedio de la gente es bastante pelafustana con vocación a hacerse la tonta, entonces yo también podría. Pensaba, inocente y estúpida criatura, que mi determinación me llevaría a puerto y que podría distraerme con otras cosas. E incluso creía que si aumentaba un discreto par de kilos tampoco sería tan terrible. El punto es que en la ecuación no consideré que tengo la fuerza de voluntad de una alcachofa y las cosas se pusieron feas. Porque, sí, logré dejar de fumar, pero juro que vi elefantes verdes en el proceso. No sólo porque me haya tenido que dar cabezazos contra la pared (de verdad me los di... me di varios... muchos... me salió un chichón), sino porque nunca en mi vida había hecho algo tan increíblemente difícil como dejar de fumar. Después de esto cualquier cosa es sencilla. ¿Un parto? Pamplinas de mujeres alaracas. ¿Cruzar nadando el Océano Pacífico? Pásenme las gualetas. ¿Descubrir la cura del Sida? Más fácil que hacer un sudoku.

Y empecé a comerme las uñas (pésimo para la digestión). Y mis brazos colgaron con la gracia de un orangután. Y cambié el cigarro por las pastillas de menta, los dulces de frutilla, los chocolatines, los snickers, los helados, los chacareros con mayonesa, y una larga e indecorosa lista de etcéteras. Y me convertí en la copia fiel de Tremebunda (pero sin bigotes; dignidad ante todo). Y de repente había el doble de mí para amar. Y todavía miro mi ropa de flaca-neurótica-tengo-un-cigarro-en-la-mano-y-otro-en-el-cenicero y lloro un poquito recordando mis días de pitufina.

Cuando lo cuento, la gente me dice con tono rosado y súper maduro "oh, pero que bueno que ya no fumes, mucho más sano", y nadie se da cuenta que en el mismo momento en que lo dicen yo me imagino lo delicioso que sería sacar mi lanzallamas de la cartera, matarlos a todos, quemar el lugar y darme a la fuga con un suave, aterciopelado y encantador cigarro en mi boca.

(Definitivamente era más feliz y equilibrada antes)
 
 
 
Cuánto te extraño, amor mío
 
(Un minuto de silencio por la felicidad perdida)

 
 
 
 
 
 
 
Eso fue lo primero. Después vino el deporte. Siempre he sido una convencida, aunque nunca bien comprendida, defensora de la filosofía de que el deporte mata... piénsenlo.
 
A Marko nunca le hubiese pasado esto de haber estado en su casa viendo Los Soprano y comiendo cabritas
 
 
Yo era de las que en el colegio nunca hice gimnasia. Al principio inventaba que me sentía mal, después le explicaba a mi encantadora madre las mil y un razones de por qué sería contraproducente que yo transpirara-en-el-colegio-mamá-piénsalo-después-voy-a-andar-con-la-ropa-mojada-me-voy-a-enfermar-tanto-que-terminaré-con-tuberculosis-y-mamá-la-gente-se-muere-de-tuberculosis-y-si-pasa-eso-tú-no-tendrás-nietos-y-serás-miserable-de-por-vida-llorarás-mucho-te-verás-fea-y-te-saldrán-arrugas (la última parte era lo más convincente de todo). Después me cansé de tanto trabajo y ya ni siquiera tenía equipo de gimnasia, tanto así que nunca supe quién hacía esa clase en IV°. Como sea, siempre fui de esa filosofía y creía que nunca nada en el mundo me iba a hacer renegar de ella.
 
Hasta el año pasado. Contagiada de la brutal cantidad de endorfina que hay en el aire -ahora todos salen a trotar, ¿qué pasa en el mundo?- y con un poquito de cargo de conciencia porque hasta mis amigas más bostas (ustedes saben quiénes son, si lo niegan publicaré sus nombres) ya estaban moviendo las presas, decidí que era el momento de desempolvar la bicicleta y lanzarme a la vida. Eso sí, elaboré un estricto código ético para no perder la elegancia:
 
  1. Nunca usar ropa deportiva indecorosamente apretada, ni menos horrendas zapatillas, sólo taco alto sino me veo muy pigmea.
  2. Disimular la transpiración, nada más horrendo que la gente que anda por ahí toda roja y haciendo gala de eso.
  3. Siempre ir con mi collarcito de perlas. Siempre.
  4. Nunca poner cara de esto-es-tan-difícil-pero-vale-la-pena, sino que siempre andar no-me-había-dado-cuenta-que-es-subida.
  5. Nunca ponerme casco, nada más horrendo que ser vista en la vía pública como el hongo de Mario Bross, ni espantoso que quedar con el pelo aplastado todo el día.
  6. Nunca usar la bici con fines deportivos, sino que estrictamente como transporte.



Mi súper objetiva idea de cómo me veo en la bici


A lo que aún no he sucumbido es a comer arrocitas con felicidad y a adorar la alimentación verde. De hecho, sigo pensando que el mejor superpoder es comer sin consecuencias y que Dios tenía toda la razón de enojarse con Eva por andar comiendo manzanas. ¿De verdad Eva? Había de todo en el paraíso ¿y a ti te dio antojo de manzana? ¡Merecido lo tenía la humanidad!
 
 

 

25 mar 2014

Mujeres (O sobre algunos aportes a la guerra de los sexos)

Hace un tiempo atrás, tomando cerveza con un grupo de amigos y sus respectivas pololas-señoras-amigas-con-ventaja-pinches-peor-es-nada-que-sí-que-no-tenemos-una-relación-complicada-estamos-viendo (es un grupo más o menos grande), me sorprendió ver que las mujeres han ido ganando la guerra de los sexos en la privacidad del hogars -aunque también podría ser que mis amigos sean unos macabeos... tendré que pensarlo-. Como sea, todos y cada uno, defendían como si se tratara del dominio del control remoto, que los hombres son unos gusanos-miserables-trogloditas-violentos-puercos-capaces-de-andar-todo-el-día-en-calzoncillos-sin-lavarse-nunca-los-dientes y que el mundo es mucho mejor gracias a las mujeres-ay-que-lindas-son-quiero-cantar-canciones-de-Arjona.

El punto es que de repente me pillé pensando en toda mi vida rodeada de mujeres, no sólo por haber estado en un colegio de señoritas, sino también porque después se me ocurrió estudiar una carrera más dada a las emociones y al amors, donde hasta los hombres empiezan a secretar estrógeno en cantidades industriales, y no pude más que pensar que mis amigos no están viendo una parte del asunto. Porque la mujer no es esa especie de amazona-súper-chora-cálida-y-amorosa-decidida-y-ultra-bacán que ellos empezaron a describir, obviamente influidos por el blablá circundante y el beneplácito de los psicólogos-cariñosos-es-súper-rico-ponerse-en-contacto-con-los-sentimientos-me-siento-orgulloso-de-mis-lágrimas.

La mujer podrá un ser tan maravilloso como cualquier ser humano, pero también es un animal salvaje, del terror y poco civilizado. No se trata de degradar el género, por su lado los hombres son bastante bestias, pero tampoco es permisible que sea ensalzado con frases rosadas de tarjeta siútica y cadena de mail horripilante. Cada vez que veo descritas las bondades de las mujeres me dan unas ganas incontrolables y profundas de vomitar hasta las tripas y de ir a buscar mi fusil, porque la verdad de las cosas es que la mujer ultra seca en todo y para nada ridícula es un invento del marketing para vendernos cosas. Con más o menos matices, todas tenemos mil cosas detestables que podrían irritar a cualquier cristiano y francamente sorprende que haya masoquistas que quieran pasar su vida con nosotras... (mi propio masoquista opina lo mismo).

¿Que las mujeres andan en su club de Lulú y que cuchichean entre ellas felices de la vida? Mito. Hombres, sépanlo de una vez, la llamada solidaridad de género no existe. Las mujeres siempre tendrán una relación de amor odio con todo ser femenino que se cruce por delante, sin importar su especie. No hay ser más envidioso-te-odio-maldita-tienes-un-pololo-marido-lo-que-sea-que-te-regala-flores-mientras-que-el-mío-apenas-se-acuerda-cómo-me-llamo. Ni más chaquetero-sí-es-seca-pero-pobre-tiene-a-los-niños-botados-parece-que-el-marido-es-medio-colita-y-no-me-consta-pero-dicen-que-el-jefe-la-hace-turumba. Ni más malvado-te-juro-que-no-era-mi-intención-contarle-a-tu-marido-que-sobregiraste-la-tarjeta-de-crédito-amiga-se-me-salió-tú-sabes-lo-volada-que-soy. Ni tan venenoso-cualquiera-estaría-así-de-regia-si-se-está-emparejada-con-un-cirujano-plástico-te-apuesto-que-igual-tiene-celulitis. Toda mujer más o menos promedio sería capaz de vender a sus amigas por un paquete de cabritas... Y sí, señores, Judas era mina.



Lo dice Lady Gaga, no yo


No hay opinión más lapidaria ni juicio más mordaz que los que la pérfida cabecita de una mujer es capaz de idear. No por nada los opinólogos malvados son mujeres, mientras que los hombres que se ven en los programas de farándula son unos pobres corderitos aterrados ante la maldad de sus compañeritas.  ¿Dulzura? Sí claro, la Argandoña da diabetes.

Lo cierto es que, en esta especie, las cosas están al revés y son las mujeres las que tienen las plumas. El hombre anda por ahí creyéndose el súper-don-Juan-semental-y-mero-macho, cuando la verdad de las cosas es que son las mujeres las más interesadas en todo lo relativo al matrimonio y la procreación -¿o alguien ha visto alguna vez a un hombre con el anillo de compromiso en el bolsillo, aparte del patético y para nada masculino Ted Mosby?-. Es curioso que los ejércitos del mundo aún no se hayan dado cuenta que el arma más peligrosa, mortífera e implacable es una mujer que siente que se le fue el tren (la segunda es una mujer a la que se le acaba de decir gorda... no lo intenten en casa). Y la mujer siente esa competencia y sabe que incluso su mejor amiga es una potencial amenaza y podría empezar a mirar con buenos ojos a Periquito, el insulso jovenzuelo que encabezaba la lista prefiero-el-celibato-la-calvicie-encontrarme-un-dinosaurio-en-mi-baño-antes-de-meterme-con-ese-gallo pero que empezó a tener un no sé qué en el justo momento en que posó sus ojos en ti. Por eso, y por un asunto irracional e inexplicable, todas las mujeres se ven en la imperiosa necesidad de destruir a su competencia. Es la ley de la selva. Pero la mujer es elegante y no va a andar agarrándose a los combos como los brutos, no, va a hacer algo peor: se va a acercar a su competencia y va a ser su amiga y cuando esté cerca, zaz, va a destruir cualquier germen de amor propio, de seguridad, la va a llenar de dudas con frases pseudo amables del tipo siempre-he-pensado-que-te-quedaría-MUCHO-MEJOR-tu-pelo-de-otro-color (la traducción es obvia).



Pongo mis manos al fuego que es cierto



No lo sabré yo, porque si las mujeres tenemos por definición ultra desarrollado el gen malvado, el mío viene con esa súper especial recarga, cortesía de la herencia familiar. Juro por tío Freud que no hay nada más malvado-simpático-a-veces-más-malvado-que-simpático que mi madre y sus hermanas, proclamadoras y defensoras de la nunca bienvenida frase: cinco segundos en la boca y cinco años en las caderas. Piénsalo.



Momento elegido para lanzar la frasecita... las odio


Es que es en la familia donde empieza todo. Siempre está la hermana linda favorita y la hermana fea inteligente y especial. Están también las madres locas-locas (muchas... varias... casi todas... ya habrá una columna al respecto) y las suegras nefastas-no-me-importa-que-seas-tan-buena-como-la-madre-Teresa-de-Calcuta-ni-tan-inteligente-como-Stephen-Hawking-ni-tan-estupenda-como-Gisele-Bundchen-ni-tan-bien-portada-como-la-Virgen-María-igual-eres-muy-poquita-cosa-para-el-santo-y-para-nada-holgazán-de-mi-hijo.

Y mientras los hombres son directos, las mujeres tenemos vocación a lo culebroso-mira-sí-pero-no-tanto-a-veces-siempre-puede-ser-pero-piénsalo-de-otro-modo-porque-mira-si-no-me-encuentras-la-razón-ahora-voy-a-seguir-hablando-harto-rato-hasta-que-estés-muy-confundido-o-te-exploten-los-sesos-porque-tú-sabes-que-puedo-seguir-hablando-y-hablando-tú-decides. Porque la mujer es un ser que siempre siempre siempre tiene la razón. ¿Que dos más dos es tres? Obvio. ¿Que hace frío y tienes que usar chaleco? Evidente. ¿Que el marido es un bestia insensible sin corazón y que si no la pesca no tiene nada que ver con que ella se haya convertido en una bruja? Por supuesto que sí. ¿Que en la oficina el jefe se anduvo pasando un poquito e hirió mis sentimientos qué importa que tenga razón lo importante es que me habló un poco golpeadito? ¡Daah!

La verdad es que las mujeres, como género, no son santas de mi devoción. Estoy convencida que no hay nada tan manipulador-mi-amor-me-encanta-que-salgas-con-tus-amigos-de-veras-que-sí-dale-no-más-yo-me-quedo-solita-después-del-día-espantoso-que-tuve-en-la-oficina. Ni tan cara-dura-pero-que-neurótica-anda-la-gente-me-estacioné-apenas-un-ratito-en-el-único-lugar-para-discapacitados-de-la-comuna-qué-le-hago-si-no-habían-más. De hecho, soy una convencida que los gays tienen toda la razón del mundo y si en Chile no se aprueba el matrimonio homosexual es porque los parlamentarios están celosos del descubrimiento de sus congéneres.

Y de nuevo, iba a hablar de zapatos y fui cambiando el tema hasta que quedó irreconocible... Y así queda probado el punto, no se puede confiar en una mujer, ni siquiera si es una misma.


 

20 mar 2014

Torturas escolares (O sobre cómo sobreviví al padecimiento de la misa)

Cuando lo cuento nadie me cree a la primera. Y cuando juro y rejuro que es verdad, sin que se me mueva un pelo y sin reírme ni un poquito -prueba infalible de que estoy mintiendo-, la gente me mira con cara de esta-mina-es-más-rara-que-estampida-de-unicornios. Lo cierto es que fui crecida y criada por ese sector ultra conservador religioso que a todo el mundo le parece raro, menos a ellos. Digamos que estuve en uno de esos colegios con nombre de cerro-árbol-o-cualquier-cosa-ligada-a-la-naturaleza-pero-no-somos-esos-cochinos-hippies y que para poder entrar piden carta de recomendación del Papa, del Presidente de Estados Unidos y de Pinochet. En uno de esos colegios con fundador tan ultra santo que todos hablan sobre él con ojos en blanco-al-borde-del-orgasmo-no-importa-si-eres-hombre-y-te-gusta-el-fundador-porque-es-tan-santo-que-nunca-sería-algo-gay.
 
Y a todos les parece tan raro-terrible-qué-diablos-te-hicieron, que cuando lo cuento se sorprenden, me hablan con un poquito de compasión y me preguntan si duele. Casi casi como si hubiese crecido en Villa Baviera.
 
Si bien tengo que confesar que todavía me quedan vestigios de los horrores padecidos, como por ejemplo que a veces me sorprende que la gente lo encuentre TAN raro, con el paso de los años me he ido dando cuenta de cosas que en verdad eran terroríficas. Y como parece que me gustan los recuentos, acá van algunas:
 

 
El purgatorio
 
Cuando era una adorable niñita de 5 años y estaba en kinder, había una señora de la época de los dinosaurios que de repente iba a enseñarnos algo de inglés. Algo, porque en mi colegio apenas se enseñaban cosas tan irrelevantes como inglés, filosofía o física, y menos se leían las cosas comunistas de Neruda o la Isabel Allende, ni las cochinadas de Vargas Llosa o García Márquez. Como sea, cuando era una encantadora niña pequeña de rodillas peladas y corte de pelo de pelela, iba esta señora gruñona y octogenaria, que se suponía que debíamos querer como si fuera un abuelita de cachetes rosados, pero que en verdad nos daba terror porque era malvada y porque sus várices tenían vida propia. El punto es que esta viejuja era medio miscelánea y no sólo nos hablaba en inglés y nos retaba cuando los dibujos nos quedaban feos (juro por mis zapatos nuevos que es cierto, de hecho, una vez nos tuvo mucho rato retándonos porque había que pintar un chancho y algunas nos pusimos creativas y lo pintamos con colores tan escandalosos como morado, amarillo o verde), sino que también hablaba de Dios y del infierno.

La verdad es que a mí el infierno nunca me dio mucho susto, porque me miraba a mí y a mis compañeritas y las veía tan bien portadas e inocentes que pensaba que nunca ninguna de nosotras haría algo tan atroz como para que te castiguen para toda la eternidad con fuego y ropa andrajosa (muchos años más tarde descubrí que la maldad es más elegante y sutil, pero ese ya es otro cuento). Entonces estaba segurita que me iba a ir al cielo y que Dios me iba a recibir contento y que iba a jugar al cachipún con mi ángel de la guarda, porque yo era una niña buena.

Hasta que llegó ella, la viejuja, con sus lunares peludos y su bastón-arma-mortal. Y nos contó del purgatorio. Porque no había sólo cielo e infierno, sino que Dios había sido tan ingenioso y precavido que se le había ocurrido que sólo quería ser amigo de los buenos-buenos y que el resto podía comerse un moco. Entonces, si cometías cualquier pecadillo venial-mini-pequeño; llámese no obedecer, ser poco señorita, engordar mucho o, en el caso de los adultos, pagar el sueldo mínimo, quedabas fuera del club de los amigos de Dios y anda olvidándote de saltar entre nubes y cantar como los angelitos. Y ahí se me acabó la fiesta: a ése sí que sí me iba a ir seguro, porque desde chiquitita que ya se me notaba lo Anna O.

Lo que nos dijo fue lo siguiente. Resulta que Dios no es el abuelo súper buena onda que manda a su lacayo Viejo Pascuero a darle regalos a los niños, sino que más bien es algo así como un súper ultra contador medio rencoroso que deja registro de TODO. Entonces, todo lo que uno hiciera y, no contento con eso, todo lo que uno pensara en la Tierra, queda registrado en un gran libraco de esos de contador antiguo. Así cuando uno se moría, sólo podía entrar al cielo si el libro estaba blanco albo impecable, porque eso acreditaría que eres bueno bueno. Si tenías cosas escritas con lápiz a pasta -es decir, si alguna vez en tu vida tuviste la mala ocurrencia de cometer un pecado mortal, de esos que te matan el alma y hacen que te pongas gris y seas muy malo, no hay pero que valga porque sí o sí te vas a pasar el resto de la eternidad con diablitos con cuernos y cola, sin ver nunca más a tus papás -cosa muy importante para una niñita de 5 años- ni a ninguno de los que te quiere. En cambio, si tu libro está lleno de frases en lápiz a mina, las cosas no son tan reversibles y se pueden arreglar. Para eso el bueno de San Pedro te pasaba una gomita de borrar, de esas que están pegadas atrás del lápiz a mina, y que por lo demás borran como la mona, para que limpies tu horrendo libraco acusador. Y eso se hacía en el purgatorio... Ah, si se te acababa la goma, sonaste.

¿Moraleja? Portarse bien y hacerle caso a la mamá, no desobedecer ni hacer preguntas raras, para así no tener que pasarse tanto tiempo borrando.

Ahora bien ¿quién diablos puede tener tan poco corazón y sensatez para meterle tanto susto a niñitas encantadoras e inocentes? Huelga decir que desde entonces tengo una extraña obsesión por las gomas de borrar, las que junto ordenaditas en cajas de zapatos (por eso compro tantos) y grito como condenada si alguien osa tocarlas, mirarlas, olerlas.

Algo así recuerdo a la viejuja en mi infancia

El chicle

En mi colegio era común que las clases de religión las hiciese cualquier persona supuestamente-buena-porque-va-a-misa-todos-los-días-y-es-súper-piadosa-pasa-todos-los-recreos-arrodillada-y-con-ojos-embobados-o-cara-de-sufrimiento. Y como el filtro era reguleque, pasaban cosas insólitas.

Había una profesora que juro que el SENAME le debería haber echado una mirada, porque tenía tanto amor por los niños y talento pedagógico, como Osama Bin Laden tenía instintos pacifistas. Y la verdad es que también hubiese sido bueno si de vez en cuando le hubiesen metido los dedos al enchufe y puesto una coqueta camisa de esas que las mangas se amarran por detrás de la espalda. Yo le tenía susto. Mucho susto. Creo que nunca le hablé. Me hizo clases desde primero a cuarto básico y durante esos cuatro años tenía la costumbre de que si pillaba a alguien comiendo chicle, se lo sacaba con sus manotas de la boca y se lo pegaba en el pelo. Ya es asqueroso que una desconocida-no-dentista te meta sus dedos en la boca. Y ya es malvado que te lo pegue y te obligue a quedarte con él hasta que le dé la gana. Lo realmente perturbador era el infinito-placer-esto-es-como-un-orgasmo-porque-se-me-olvidó-decirles-que-la-bestia-en-cuestión-era-célibe que ella sentía cuando manoseaba el chicle y lo enredaba en el pelo de su víctima a la altura de la nuca. Porque, claro, parte de la gracia era que uno tuviera que tomar tijeras después y adquirir un hermoso corte de pelela.



Algo así era su cara de placer, pero sin lo tierno


Años después le perdí la pista y no supe qué fue de ella. Sea como sea, le deseo que tenga una linda vida llena de caca de paloma.

 
 
El billings

Según mi colegio si hacías cosas tan horrendas como ocupar bikini o usar la pollera muy corta, le ibas a terminar cayendo mal a Dios y serías una mujer libertina-pécora-descarriada-nadie-te-va-a-tomar-en-serio-porque-tu-cuerpo-es-muy-santo-y-no-hay-que-mostrarlo-por-ahí-tápate-cochina. Pero si usabas anticonceptivos segurito te ibas al infierno -porque todos sabemos que es mucho más grave tomarte una pastillita que tener millones de utilidades a base de pagar sueldos bajos-.

Pero mis profesoras tampoco eran tontas y sabían que la alternativa de pasarse entre los 20 y los 45 pariendo como conejo no era una opción muy atractiva. Entonces hablaban de la solución intermedia: el siempre asqueroso método de billings -¿a qué clase de pervertido cochinón se le puede ocurrir esto?-. Sin entrar en profundidades, guácala, se trata de un modo en que se evita hacer cositas los días en que es más probable que llegue un nuevo regalón. Método súper ultra efectivo, que sólo falla en un 25% si lo haces del modo "típico" (en algún lado lo leí). Y te machacan años de años, no muchos porque cuando chicas nunca-jamás-Señor-mío te hablan de sexo, que el único modo de tirar con Dios al medio es estando abierto a la vida. Y por consiguiente, el billing es la única forma de hacer el trío celestial sin que tu familia parezca equipo de fútbol.

Yo logro entender que a algunas mujeres les parezca que esto es fantástico, de veras, y que sea súper-lindo-estar-en-comunidad-con-Dios-porque-pucha-que-es-rico-es-como-ser-compinche-de-Jesús, pero francamente ¡¿qué diablos les pasa a sus maridos?!

Confieso que empatizo con ellos. De veras. Porque mientras ellas se dedican a mirar cunitas y van a tecitos y tienen una vida rosada de mujer de gerente de banco; ellos ¡tienen que ser el gerente de banco y pagar todo eso! Entonces están dale que dale trabajando en una pega que secretamente odian, con un jefe al que abiertamente odian, para que ella pueda mirar la casa de 4 piezas y jardín que gordo-además-queda-al-lado-de-la-mamá, y para que vaya metiendo a la prole al colegio que cobra-400-lucas-de-arancel-pero-piensa-gordo-no-seas-egoísta-lo-lindo-que-van-a-ser-los-amiguitos-del-guatón. Porque mientras ella dice que hace todo por sus hijos; él en verdad hace todo por sus hijos. Y así él se aguanta una jornada laboral de 10 horas con el pelmazo de su jefe -que a propósito, también se aguanta 10 horas con el pelmazo de su jefe-, lo que suma alrededor de 200 horas mensuales de infame manduqueo. Si a eso se suman dos horas diarias de tacos, queda que la mitad de su vida hábil la dedica a sostener la vida del resto. Pero este pobre hombre tiene que dormir, supongamos 7 horas diarias. Lo que da que un 70,6% de su día hábil este pobre hombre lo pase trabajando como burro.

Pero su mujercita practica billings. Entonces llega él y quiere estar un ratito con ella-mi-amor-y-si-cierras-la-puerta-para-que-los-niños-no-entren. Es-que-gordo-hoy-día-no-se-puede-porque-acuérdate-que-billings-y-Dios. Y nada que hacer, es que es billings y Dios... ¡¿QUÉ?! ¡¿Cómo recontratuétanos aguanta eso?!
 
 
 
Bonus track: la misa
 
Debo confesar que para mí la misa siempre fue y, las veces que tengo que ir a una, sigue siendo la mayor de las torturas inventadas por la humanidad. En el colegio nos decían que Jesús murió en la cruz, lo azotaron y le pusieron una corona de espinas POR TI y tú -malvada-ingrata-gusana- no eres capaz de dar apenas una hora a la semana... (insertar cara de pena y decepción y chorreos de culpa me-quiero-morir-cómanme-los-gusanos). Sí, claro, apenas una hora, pero por lejos la hora más larga de la semana. Esto no puede ser más que la venganza de Dios. ¡Y más encima un domingo en la mañana!

¡Qué torturidad, qué aburrición más espantosa! Juro que cada vez que el cura abre la boca siento que envejezco 60 años y que la sangre me corre más lento y que me voy encogiendo y convirtiendo en polvito.

Y juro que no me puedo quedar quieta, entones empiezo a mirar a todo el mundo y a moverme de un lado para otro, pero sin que se note que estoy tan aburrida los-adultos-no-se-aburren-tanto-mátenme-cuándo-se-acaba-esto-por-qué-diantres-el-reloj-corre-para-el-otro-lado-esto-es-una-agonía.


Yo en misa mientras trato de verme cool no estoy para nada desesperada acá

 
 
 
No me cabe duda que en mi pobre cabecita reprimida -porque en estos colegios uno aprende que la represión sí funciona- quedan miles de miles de historias que mi adorable psicoanalista aún no ha desempolvado, sapos y culebras que van a dejar salpicado su diván de cochinada. Pobre.