1 dic 2014

Dietas (O sobre por qué odio a Newton y su ley de acción y reacción)

En una de esas absurdas y memorables conversaciones de sobremesa dominguera, en que ya se sentían los efectos del vino y filosofando sobre las maravillas de estar en este lugar de la cadena alimenticia y no en el del pollo que acabábamos de comer, hablábamos sobre cosas tan serias y trascendentes como el destino de Jocelyn-Holt y los misterios de la campana de goma. En eso estábamos cuando uno de nosotros, con la profundidad y agudeza que lo caracteriza, preguntó cuál sería el súper poder que nos gustaría tener. Mientras los hombres decían estupideces como volar, controlar mentes y convertir el papel en billetes de 100 dólares, yo pensé que el mejor de todos es, por lejos, el súper poder de comer y no engordar.

Ya, sí sé que eso existe y que no es la última maravilla, sino que es una enfermedad terrible y que los niños en África, y que la opresión a la mujer, y que cosa más espantosa que la frivolidad de esta niñita ¡caray! Pero digan lo que digan, prefiero mil veces parecerme a Kate Moss que ser la versión chilena de Miss Piggy.
 
 
 
 
Sí, bueno, no sé, la encontré notable
 
 
El problema es que lo que engorda es mil veces más tentador que lo que no, porque si las manzanas fueran tan extraordinarias como nos quieren hacer creer los hipsters, la raza humana -con su instinto de flojera infinito- no se habría dado la molestia de inventar helados, pastelitos y chocolates. Creo firmemente que entre más calórico es un alimento más delicioso es (salvo las sandías que son la maravilla-máxima-de-la-creación-de-aquí-a-la-eternidad-muera-quien-diga-lo-contrario, razón por la que me paso 10 meses al año con un antojo incontrolable y un vacío en el corazoncito). Pienso que el bendito creador del suspiro limeño es un genio digno de adoración, cuyo natalicio debiera celebrarse con un feriado de tres días; que el pastel de jaiba es lo más brillante que se inventó después de la rueda; que entre más maloliente y putrefacto es un queso más delicioso resulta; que no vale la pena vivir en un país sin paltas, chirimoyas ni manjar, y que los helados son mucho más efectivos contra la depresión que el Prozac. Estoy convencida que la forma más gloriosa de honrar la vida de una vaca es por medio de un asado generoso y que ser vegetariano es un desaire imperdonable a la creación de Dios y debiera ser castigado sin piedad por no respetar las leyes de la naturaleza (¡prefiero un hijo narco antes que uno vegetariano!).
 
 
 
Hola mi amor
 
Lamentablemente para mí, mi metabolismo -gracias al hipotiroidismo herencia de mi madre... gracias mamá, de verdad, gracias...- se mueve con la velocidad y pasión de funcionario del Registro Civil con gripe a las 5 de la tarde, y engordo con solo pensar en comida. No me ayuda mucho mi escuálida fuerza de voluntad y las palabras prudencia y moderación son para mí conceptos tan raros como podrían serlo honestidad y probidad para Guido Girardi. Es que hay que admitir que un chocolatín después de almuerzo es una acción tan tentadora e irresistiblemente pecaminosa como lo es para los honorables subirse el sueldo cada cierto tiempo.
 
Por suerte para mí, sí, soy una estúpida, de repente se me prende la neurona-anoréxica-cuenta-calorías y me subo a la pesa para llorar desconsolada ante los estragos cometidos. Entonces me doy cuenta que frente a mí se encuentra la bifurcación fundamental: dieta-militar-ni-los-nazis-fueron-tan-extremos o ser la doble de la tía Sonia.
 
 
 
 
Le tengo más susto a ella que al SII
 
 
 
Entonces empieza la horrenda cruzada para lograr el noble fin de abandonar la morbidez y volver a los dominios de la talla confesable. Y mi refrigerador, ante la mirada atónita e impotente de mi hermoso ser humano (sí, amor mío, dijimos que en las buenas y en las malas... y éstas son las malas) se convierte en un jardín insípido, lleno de pastito, brotes raros y verduras de inconfesable sabor, causales todos de suicidio. Y elimino también el fiel y compañero vinito blanco que me escucha rabiar cuando vuelvo de la oficina, único ser que me encuentra toda la razón porque yo soy genial y el resto aprendices de idiotas. Y me pregunto en qué diablos estaba pensando cuando dejé de fumar, porque ¡qué diantres hago ahora con las manos! De a poco, muy de a poco, me empieza a cubrir un ánimo sombrío y malvado, me baja el instinto asesino y me dan ganas de estrangular a todas las patilargas flacuchas y felices. Porque ponerse a dieta, lejos de ser una oda a la salud y dar vitalidad y alegría al cuerpo, lejos de ser esa especie de paraíso perdido y fantabuloso en que te das cuenta cuánto amas la vida y lo afortunada que eres de estar conviviendo con los pajarillos y las mariposas, porque sientes que has florecido en un mundo de paz y amor, lejos de todo eso, estar a dieta es una de esas experiencias malditas e irascibles, bastante similar a lo que sería que a tu estúpido y pre adolescente vecinito le regalen una gaita.
 
 
 
 

¡¿Dónde está mi fusil?!

 
 
 
Acá la cosa se empieza a poner compleja porque con esto de las maravillas del internet hay información para lo que se pida, toda completamente contradictoria y enredada, así como clase de religión en colegio de Los Legionarios. Que los carbohidratos no; que sí, pero sin proteínas; que las verduras tienen que ser de 3 colores; que no hay fórmulas mágicas; que sí; que la palta es veneno; que es lo mejor que te ha pasado en tu vida. Entonces resulta que uno hace una cosa y mete las patas, que hace otra y las mete de nuevo, porque hay toda una pseudo-ciencia-medio-charlatanesca-medio-de-verdad (como la psicología) de cómo es la cuestión y si los animales lo saben por instinto, buena suerte la de ellos porque, pucha-qué-mala-suerte, con el humano es distinto. Es que si usted pensó que el asunto es cerrar la boca no más y que la biología haga lo suyo, así como lo hicieron nuestras abuelas y las abuelas de nuestras abuelas, está muy equivocado ignorante lector. Porque hay una serie de inimaginables datos que uno nunca habría pensado, y que sospecho que dan lo mismo, que los nutricionistas están dispuestos a contarte por la módica suma de 50 mil la consulta-ni-te-creas-que-es-reembolsable-por-tu-Isapre-tirana.
 
Una vez fui a una nutricionista de esas que salen en el matinal y que son ultra divas por lo que hay que matar a un cristiano para conseguir una hora con ellas. Y juro que la susodicha-ultra-eminencia estaba más loca que yo y mi madre juntas. Claro, porque yo, toda cándida y linda criatura, fui con el corazón en la mano para pedirle a esta fuente de sabiduría infinita, oh buena e iluminada mujer, que me dé parte de su conocimiento para llevar una vida en armonía con la cadena alimenticia y un cuerpo sano y todas esas cosas medio hippie de hace algunos años atrás (hippiedades por las que terminé yendo de viaje a Bolivia: si quiere lamentarse de mi infortunio, lea Vacaciones del Terror). Y la mina-soy-ultra-empática-pero-nica-te-atiendo-a-la-hora me dio una especie de recetario ultra específico y detallista, supuestamente personalizado, que tenía que seguir al pie de la letra, porque sino ocurrirían cosas calamitosas como el rearme de la Unión Soviética y un rebrote del Ébola. Obvio que me dio una dieta imposible de seguir, porque era absolutamente incompatible con una vida normal. Era como tener ingeniería metida en mi cocina, con mezclas insólitas y poco apetecibles, con razonamientos tan extraños como que si le ponía vinagre a la manzana iba a poder comer más (¡qué diantres es eso!) de no sé qué cosa, pero mucho cuidado que no sea después del quincuagésimo snack de la media tarde, porque sino se activa la no sé cuantito y recuperas todos los kilos más el reajuste del IPC.
 
 
 

Así de intrincado era el asunto

 
 
Lo otro son las recetas mágicas, que por supuesto que son absolutamente ridículas y hasta dan un poco de vergüenza confesarlas. Pero ahí está una, haciendo caso omiso del propio CI, comiendo chía a pie pelado durante cuatros días seguidos, antes de la luna llena, porque obvio que si la luna tiene un influjo en el océano, lo va a tener también en toda esa grasa que religiosamente acumulamos: es de una lógica impecable. Y no faltan los secretos de la naturaleza que la tía Cucha, seguramente en venganza de tu niñez-destroza-todo, amablemente te ofrece (para no decirte directamente que se compadeció de ti, maldito cúmulo de cochinadas): que toma jugo de alcachofa; que agüita de patita de gato; que si escondes un anillo de oro bajo la cama de tu hijo menor bajarás el doble.
 
Ahora estamos en diciembre, ya hay calorcito y se vienen las vacaciones, por lo que miente descaradamente aquella mujer que, con aire despreocupado y ultra cool, dice que está comiendo lechuga porque es más fresquito; miente la que cambió el pisco sour por champañita porque es más rica; y sin ninguna duda miente la que dice que el bikini nunca ha sido tema para ella (salvo que en verdad sea una maldita afortunada de cuerpo glorioso impune a la biología). Eso sí, no hay nada más desquiciante que la flacucha preocupada por el medio gramo de pellejo imaginario que tiene por ahí: si usted es una de ésas, por favor cállese y deje que las demás vivamos esta insoportable e iracunda época de inanición en paz.


 

22 nov 2014

Terror en las alturas (O sobre el pánico que me dan los aviones)

La semana pasada (bueno, ya ni tan pasada, porque me he demorado mil años en escribir estos párrafos) surgió en mi oficina un viaje de trabajo, por lo que tuve que ir flash a Punta Arenas. Y obvio que me anduve encandilando con tanto kilómetro Lanpass que ni pensé en la logística del asunto. Entonces me las di de súper cool y mostrando férreo compromiso con la empresa y su política de ahorremos-costos-y-compremos-lápices-boc, tomé los vuelos con los horarios más nefastos del planeta Tierra, para ir y volver a las puertas de la Antártica (porque se pasó que es lejos, ¿cómo diablos se le ocurrió a la gente irse a vivir para allá con tanto frío y viento?) a precio huevo en poquito más de 24 horas.
 
 
 
Más lejos que la contumelia

 
Pero más allá de los horrores de pegarme estos trotes a mi avanzada edad (Ver Cumplir 30 ), lo que aún (sí, aún) me tiene al borde del suicidio y con 40 puntos menos de CI, no consideré un pequeño gran detalle fundamental para este tipo de hazañas: le tengo pánico a los aviones y no es broma que siempre antes de subirme a uno redacto un escuálido y pobre testamento, legándole a mi familia mis cuatro plantas semi marchitas y los tres tristes pesos que tengo en el banco.
 
Y sí, yo sé que es más probable morir aplastada por Godzilla que estar en un accidente de avión y que las medidas de seguridad rayan con lo ridículo, pero me da cuco igual. Quizás todo esto sea culpa de mi morbosa fascinación por las películas de catástrofes en que la azafata mala siempre sale volando por los aires y la buena se dedica a lo Rambo a salvar niños y abuelitos zopencos incapaces de abrocharse el cinturón de seguridad.
 
El asunto es que siempre que estoy en el counter subiendo las maletas (sí, porque la coherencia no se me da y viajo harto) estoy segura que soy la heroína (obvio) de una de esas películas de bajo presupuesto y miro a las demás personas de la fila como si fueran los personajes secundarios con mini historias poco importantes en el dramón infernal que estamos empezando a protagonizar. De hecho, casi podría jurar que, cuando estamos avanzando en la fila con cara de inocentes-aún-no-sabemos-que-el-avión-se-partirá-en-mil-pedazos, todavía aparecen las letritas de los créditos iniciales.  




No hay ninguna posibilidad que piense en algo así

 
Y siempre siempre que estoy en la fila para subirme al avión me las doy de Yolanda Sultana con poderes mágicos y juro y re juro que ahora sí que sí tengo un presentimiento súper claro y poderoso de que un pajarito inoportuno se meterá en las turbinas y caeremos en picada gritando como bestias. Por suerte para mi bolsillo, y reputación, la vergüenza me la gana y nunca he hecho un espectáculo merecedor de la poco digna camisa de fuerza. Bendita coerción social.
 
Entonces me subo al avión, mientras mi mini-me interior grita como desquiciada y me surge esa imperiosa necesidad de tomar whisky como si fuera agüita mineral, pero poniendo cara de soy-una-mujer-cool-y-con-mucho-mundo: dignidad ante todo. Y trato, nótese, trato, de sentarme, porque, aquí viene mi queja SERNAC, ¿qué pasa con LAN y su política de optimizar recursos? Yo soy tamaño hobbit y juro que apenitas puedo acomodar mi metro y poco de estatura en esos minúsculos asientos, y ni pensar de cosas tan lujosas y burguesas como dormir un poquito: comodidad 100% Transantiago.



Los genios de Lan que nos llevan a pensar que ésta es una postura cómoda


Y volviendo a la historia, íbamos exactamente así, con el matiz que me toca al lado la reina de la empatía, quien con el tacto y delicadeza de una motosierra, después de hablar hasta por los codos y contarme sobre su ex pololo, su jefa, su mamá y su vecina, sin siquiera parar para respirar, me cuenta que ha ido mil veces a Punta Arenas y que el vuelo se siente similar a ser una bolita dentro de una centrifugadora. Entonces recordé a mi madre que en tiempos antiguos me comentó, como quien no quiere la cosa, que el único accidente que ha tenido LAN es en Punta Arenas porque, obvio-cómo-diablos-no-lo-pensé-antes, el viento es cosa seria. Y si no me puse a llorar como niñita ahí mismo fue porque me había puesto una cantidad estúpida de rimel y no quería que cuando encontraran mi cuerpo entre los escombros del avión -porque evidentemente se iba a caer- me vieran con la pintura toda corrida. Como dije, dignidad ante todo.



Los tengo a todos engañados con mi cara cool: me sale igualita


El punto es que asustadísima por los vaticinios de la malvada criatura sentada a mi lado (la muy yegua me dijo que el avión se azotaba: usó la expresión SE AZOTABA!!), sumados a las advertencias de una encantadora compañerita de oficina, quien con suma delicadeza me detalló sin ningún tipo de decente censura lo mucho que chilló y lloró volando a Punta Arenas (si por esas cosas de la vida estás leyendo esto, te odio...)
 
Ni qué decir el terror que me dio cuando esta caja fósforos con alas agarró vuelo y se escucharon los motores a todo trapo, sonando a más no poder. Cualquier persona normal o con un mínimo de ubicatex en el cuerpo, se va mirando por la ventana o leyendo un libro o cantando tararí-tarará con despreocupación, mientras las personas que saben del asunto, y que han pasado miles de horas entrenando para que el pedazo de metal con gente vuele como los pajaritos (el milagro más impresionante después de ese de las bodas de Canaán), hagan lo suyo. Pero no, yo me voy con el cuerpo apretado y más concentrada que ajedrecista, pendiente de cualquier ruidito extraño que pueda haber. Porque obvio que en ese momento me las doy de doctorada en aviación y levanto la oreja, importándome un comino que no tengo ni la más mínima idea de estas cosas, y que no sabría distinguir un despegue normal de una explosión fulminante. Y todo esto con la yegua de mi compañerita de asiento que no paraba de filosofar sobre las vicisitudes del maní y reírse de sus tallas (nadie que se ría de sus propias tallas merece vivir).

El resto del vuelo fue bastante tranquilo, salvo por (obvio) mi compañerita que recién a la altura de Temuco tuvo la delicadeza de dejar de parlotear. La llegada a Punta Arenas tampoco fue la súper ultra batidora que me habían prometido, lo que fue un pequeño problema porque, en mi alma de Anna O., tenía redactado un final espectacular, en que el avión se agitaba más violento que vibrador de solterona Opus Dei, y todos gritaban aterrados, mientras producto de los vientos el avión se iba en caída libre y el piloto nos pedía por altoparlantes que rezáramos a cualquier dios que conociésemos. La verdad es que mi final era de lujo y completamente desinhibido, producto de la cantidad de piticlines que tenía en el cuerpo, sumado a mi siempre apañadora petaca para situaciones extra difíciles de las que no me quiero acordar (porque yo había jurado que ese vuelo nica lo hacía sobria).

Así que fue, más que nada, una desilusión la llegada, cosa que mi hermoso ser humano no me podía creer cuando le conté estando ya en tierra, mientras se tomaba la cabeza a dos manos sin entender el nivel de locura que le estaba contando.

 

14 sept 2014

Cumplir 30 (O sobre cómo empieza el declive)

Hace varios años, cuando TVN incursionaba tímidamente en el mundo de las teleseries nocturnas y sus tramas no eran todavía una sumatoria incansable de psicópatas-asesinos-pedófilos, hubo una que se llamó "Los Treinta", en que se mostraban las aventuras de cuatro matrimonios amigos ultra-cachilupis-y-exitosos. Y yo pensaba, con la ingenuidad de una chiquilla universitaria, que los treinta obvio que tenían que ser una época estupenda en que el mundo está a tus pies y te sientes un agradecido de la vida mientras ves correr conejillos juguetones y rosados en el inmenso jardín de tu casa por la que, obviamente, no estás endeudado hasta la eternidad.


Tiempos ingenuos en que una pechuga era lo más sórdido que se veía en televisión

 
 
Pero 9 años después la realidad, con esa dulzura y suavidad que la caracteriza, me ha mostrado que las cosas son un poquito diferentes a lo que muestra TVN, y que los 30, lejos de ser esa continuación fantabulosa de la adolescencia, pero ahora sin espinillas ni uniforme de colegio, tiene ligeros sinsabores con los que no contaba.

Un poquito de contexto por acá. Resulta que por estos días estuve de cumpleaños y -oh, sorpresa y originalidad- cumplí 30 (apuesto que no lo veía venir señor lector). La verdad de las cosas es que me gusta cumplir años, sobre todo porque es un día en que el universo se centra en mí, la fuerza de gravedad funciona en mi honor, todos los semáforos están en verde para mi deleite y las calorías no cuentan. ¡Día feliz! Además que me gusta esto de parecer mayor y no tener que andar ganándose el respeto de nadie. Pero este año las cosas han sido distintas: este año sentí el peso implacable del paso del tiempo. Por su puesto que no se trata de una epifanía a lo Dr. House, sino que de una serie de mini eventos, de dudosa importancia; una sumatoria de situaciones que de repente te van sorprendiendo, de a poquito; un compilado de cambios minúsculos e imperceptibles que sumados tienen la misma sutileza de un piano reventándose en la calle.

Es que a los 30 ya se tienen alrededor de 5 años de experiencia laboral en el cuerpo, lo que implica dos cosas: por un lado, un hermoso y simpático poder adquisitivo -si se tiene suerte cada vez menos tímido. Además los bancos-buitres te acosan como actor de Hollywood ofreciéndote el oro y el moro, explicándote que eres un cliente súper-duper-especial, por lo que el mismo gerente general dio la orden de que se te ofrezca la nueva tarjeta de crédito con un cupo realmente estúpido en pesos, dólares y euros, ofreciéndote mini premios y zanahorias para que gastes con vocación de Transantiago. Y tu, joven idealista. comprometido con la sociedad y el bienestar del mercado -además que digámoslo, recién a los 30 puedes reconocer que la piscola es harto mala y que los gustos caros son mil veces mejor-, te abocas a la noble tarea de hacer zumbar el plastiquito con dibujos que tu ejecutivo tuvo la cortesía de mandarte y le haces caso a todas las críticas gourmet de las revistas, a todas las recomendaciones de tus amigos, y te conviertes en el hijo pródigo del marketing, porque para ti todos los días te mereces un premio y si no gastas como condenado ¿para qué diablos trabajas, caray?. Pero entonces llega el día en que el banco -maldito avaricioso- te manda amablemente el estado de cuenta de tu tarjeta, la que bien podría estar escrita en chino mandarín avanzado porque te resulta más imbricada y compleja que pregunta de Fernando Paulsen, con un número exorbitante y completamente ridículo que te hace perturbar la paz de tu oficina con tus gritos de angustia y dolor (juro que nunca ha pasado en la vida real). Entonces, víctima de la amnesia económica, buscas dónde diablos está el error porque estás convencido que has actuado con austeridad franciscana y te preguntas en qué minuto gastaste una suma similar a la deuda externa de Argentina, en qué clase de bestia irresponsable te has convertido y por qué carajo tu apellido no es Matte. Y mientras la culpa te carcome, juras y re juras que nunca jamás volverás a ser tan imprudente, que vas a anotar religiosamente tus gastos en una planilla Excel, que vas a ser más ordenado y riguroso que administrativo del SII. Y entonces la conoces y te sientes grande: bienvenida caña financiera.


(Mi amor, si estás leyendo, esto NUNCA le ha pasado a tu ordenada mujercita)


Por otro lado, la otra consecuencia de tu incipiente curriculum es que has sido durante 5 años el último eslabón de la cadena alimenticia. Durante este tiempo, mientras te esforzabas por alejarte de la indignidad y mequetrefería del alumno en práctica, destinaste tus mejores años para que tu jefe todopoderoso pose sus misericordes ojos en tu indigna humanidad y te dé tareas más desafiantes que servir café y comprar los útiles escolares de sus hijos, y no te diste cuenta que ya no eres ese lindo universitario capaz de correr maratones con exorbitante entusiasmo. Me faltan vacaciones, dices, estoy un pelín cansado, respondes. Y te pillas prefiriendo tus pantuflas al súper taquillero after office, odiando a tus amigos irresponsables que todavía celebran su cumpleaños en día hábil. Pero no te das cuenta de nada hasta que te sorprendes gritándole por el balcón a tu vecinito y sus amigas que bajen la música o llamarás a los pacos, que es jueves, que esta juventud es tan irresponsable, que algunos trabajamos para que le sociedad funciones cabro de la contumelia... ¡dónde está mi fusil! Entonces caes y te das cuenta que no es que estés cansado, no es que estés trabajando como niño vietnamita, sino que tu cuerpo ya no aguanta cómo antes. Y recuerdas esa mañana, tras una inocente noche de pisco sour, que pensaste que estabas con Ébola y morirías. Y notas tus negras ojeras colonizando tu cara. Y sientes que tu cuerpo se resiste ante la idea de trasnochar un día martes.


Justo el día de la presentación al directorio

Porque aquí viene la triste noticia: a los 30 se acaba el cuerpo glorioso y la caña aparece multiplicada por todos esos años de irresponsable ebriedad y exceso. De a poco te das cuenta que hay cosas que ya no puedes hacer: tratas de correr y te sientes tan ágil como una iguana, tratas de saltar y te das cuenta que apenas te moviste un par de centímetros gordo insulso. Empiezas a conocer el dolor de espalda y de cuello y de brazos y de piernas, y el doctor te manda a hacer exámenes de órganos que no sabías que existían, mientras miras con cara de incredulidad y te sientes como una chiquilla de doce. Pero lo peor viene cuando tratas de adelgazar esos kilitos insolentes que subiste sin darte cuenta mientras seguías comiendo las mismas cochinadas que siempre consideraste inocuas para la salud. Porque antes con una pequeña dosis de disciplina y activando levemente la neurona anoréxica, lograbas bajar con la misma velocidad con que se ha desacelerado la economía. Ahora no. Ahora hay que tener cuidado y empezar a inventarte que las ensaladas son lo más tentador del planeta y las comidas insulsas una bendición del Señor.

Pero eso no es todo, porque mientras te levantas para ir a trabajar, arrastrando tu cansado y ligeramente gordo cuerpo al baño, analizando las distintas opciones para suicidarte sin dolor, la ves: ahí está, insolente y descarada, blanca y brillante la muy maldita, la que llegó para quedarse. Ya te habían salido otras canas y hasta te había dado un poquito de risa, pero esta es la primera gota que anuncia la lluvia, porque es la que te avisa que de ahí en adelante todo será cuesta abajo. Y con ojos rojos te miras al espejo y no puedes creer que ese ser horrendo y deslavado usa tu piyama.
 
Entonces ese mismo día llega la nueva adquisición de tu empresa: Pelafustancito Jr., el joven entusiasta recién egresado que viene con sus títulos y magísters, con sus ideas y entusiasmo, y que desde ahora serivá el café. Es apenas unos años menor que tú, pero se ve inverosímilmente colegial, con espinillas, con cara de guagua y pinta de guagua y todo de guagua. Usa palabras raras que no le entiendes y habla de lugares que nunca habías escuchado. Se ríe de cosas que te parecen estúpidas y no se ríe de tus bromas geniales.


Imposible no detestarlo

Y de nuevo caes, no es culpa de la juventud, tú has cambiado.

Entonces, todo empieza a encajar y te das cuenta que el tiempo pasa, pero...

... lo peor



...es que cada día te pareces más a tu madre.
 

31 ago 2014

Madre hay una sola (O sobre cómo la maternidad es un anticoceptivo natural)

Dedicado a una pobre incomprendida que, entre tanta parturienta-conejosa, se niega a abrir la fábrica.


No sé si ya lo he dicho por aquí alguna vez o si simplemente lo repito muy seguido en la vida real (me suele ocurrir... repito mucho... demasiado... ya me tienen amenazada en la casa), pero he estado rodeada de mujeres desde que tengo memoria. Colegio de mujeres. Carrera de mujeres. Oficina de mujeres. Y muchas-muchas tías, además de una evidente supremacía matriarcal en ambas familias (sospecho que de parte de padre y madre desciendo de amazonas terroríficas come-cabezas-post-apareamiento). Es decir, tengo una sobresaturación mortífera y acumulada de estrógeno ambiental, lo que a estas alturas debiese repercutir en que mi único alimento sean mis pobres uñas, mientras me pregunto, ahogándome en angustia, por qué diablos no he engendrado una veintena de mini-me adorables y con cara de malulos, tal como lo han hecho mis hermosas y obedientes-del-id-y-multiplicaos de mis compañeritas de colegio. Sin olvidar el insolente tic tac del reloj biológico como música de fondo. Pero la verdad es que esto de la reproducción de la especie no se me da mucho y tengo más talento para la moderación y la prudencia que para el cuidado de niños. De hecho, me resulta más comprensible y amigable el Triángulo de las Bermudas, el huracán Katrina o la reforma tributaria, que encontrarme con un encantador y pequeño ejemplar de la raza humana.


Hermoso y terrorífico


Que no se me malentienda; me enternecen profundamente esas pequeñas bestias impredecibles, esas criaturas incivilizadas y poseedora de fluidos siniestros y misteriosos que salen de lugares que los adultos hemos aprendido a controlar con gracia. Me enternecen sus cachetitos estrujables y la imprudencia máxima con que abordan absolutamente todo. Reconozco que algunos son más que adorables y que sería muy capaz de hablar como boba y sin pudor para sacarles alguna risita. Pero como ya dije, estas pequeñas criaturas me resultan incomprensibles y misteriosas, igual que los gatos. Pasan de la felicidad al llanto con más facilidad que heroína de teleserie mexicana, teniendo múltiples necesidades pero sólo una forma de alarma: el inconfundible chillido de barraco. ¿Cómo cresta se supone que uno sepa qué diablos les pasa si para todo gritan igual? ¿Qué clase de ser viviente hace el mismo ruido cuando pide comida que cuando la devuelve? ¡¿Dónde están las instrucciones de este bicho?!



Que hermosa y pacífica es la maternidad



Y sí, estas criaturas me dan cierto cuquito-miedo-terror-quiero-a-mi-mamá-desde-El-Exorcista-que-no-tengo-tanto-susto. Pero después de horas de autobullying y de preguntarme dónde diablos está mi instinto maternal, cómo puede ser que el Servicio de Impuestos Internos de Afganistán y el Ébola juntos me resulten más amenos, me di cuenta que esto no es culpa mía. Nones. Esto es culpa de las miles de madres que me rodean y su morboso gusto de contarte todas las historias de terror que les han ocurrido a ellas, sus hermanas, amigas, tías, vecinas, conocidas, compañeritas de clase de cerámica y señora del supermercado. Hay una especie de placer en contar historias espantosas, como si fuera un de rito de iniciación para ingresar a un club siniestro y malvado o un requisito fundamental para recibir regalos y felicitaciones en el día de las madres. Y no es así no más, no, se trata más bien de una especie de competencia ultra malvada, en que cada cuento es peor que el anterior: algo así como la Teletón, pero no para que desembolses una culposa suma de pesitos, sino simplemente para verte sufrir y convulsionar de terror.

Obviamente, viene acá un extracto de los relatos típicos. Recomiendo fehacientemente que si usted es :
a) una pre-madre rosada,
b) un pre-padre devoto, o
c) un ser humano que valora su inocencia
se salte lo que sigue, cierre esta página y vuelva a su trabajo antes que su jefe descubra que está procrastinando de modo tan poco honorable. Para el resto:




Se los advertí

Embarazo
Escuchar a una mujer hablar de su embarazo es, en el 100% de los casos, un anticonceptivo natural. Todas tienen su historia de terror y sé por ciencia cierta que ninguna disfruta el hermoso proceso de inflarse como globo, retener líquidos como esponja y cultivar estrías de por vida. No: la madre rosada y ultra feliz con su panza es un invento de los publicistas hombres que venden maternales o del Opus Dei. La verdad de las cosas es que la maravilla de las nauseas, los vómitos matutinos, el despedirse de los tobillos por nueve meses y el no tener ninguna postura cómoda-digna para sentarse o dormir no es precisamente algo parecido a ser una mujer mágica del país feliz que habita en la casa de la gominola de la calle de la piruleta (gracias Homero por tanta poesía). No. El embarazo se parece mucho más a ese regalo que todos los años te da tu tierna y anciana abuelita, que con ojos esperanzados te entrega ese chaleco horrible, 2 tallas más grandes de lo que cualquier mortal usaría, y que hace que te sientas mal por ser un humano tan horrendo que en vez de ver el amor a borbotones en ese maravilloso obsequio de la vida, siente ese cosquilleo de la culpa por no sentirse a gusto y odiarlo con todo el corazón.

Y ni hablar de las complicaciones: el origen de que cualquier mujer promedio, más o menos malcriada, más o menos insoportable-bruja-malvada-gusana-déspota-tírana-fábrica-de-macabeos-mamones-cobardes-y-temerosos-pusilánimes se convierta en la santa mamita. Porque ahí surgen todos los yo-he-hecho-tanto-por-ti, yo-que-estuve-nueve-meses-acostada-para-que-tú-maldito-malagradecido-nacieras, todos los de-verdad-vas-a-salir-a-esa-fiesta-y-dejarme-solita-no-importa-pásalo-bien-no-como-yo-cuando-casi-me-muero-de-alguna-enfermedad-inventada-para-que-tú-nacieras.


Y eso que la realidad siempre supera la ficción



Sinceramente, ninguna gracia esto de ser mamíferos.


Parto
Dejando de lado la obviedad de que nada bueno puede pasar cuando te ves forzado a desafiar las leyes de la física y el sentido común haciendo pasar una sandía por el espacio de una uva, siempre que hay un grupo de mujeres celebrando a una nueva embarazosa surgen es obligatorio que cada una hable de su sufrido y horroroso parto. Es un asunto de maldad femenina para devolver la mano a tanto sufrimiento (que tampoco puede ser tanto porque estamos en el siglo XXI, existe la anestesia y no vivimos en Irak). Porque la escena es más o menos así: la nueva e inocente futura merecedora de 6 meses de postnatal cuenta su noticia, con dicha y felicidad, y el grupo de madres experimentadas hace catarsis de los horrores vividos. Y ellas con la amabilidad y el tino de un hacha te recuerdan que las cosas no son como en las películas, que hay un equipo médico completo con las narices metidas en lugares de tu anatomía que preferirías que nunca reciban tanta luz, mientras te hacen bolsa la espalda con la anestesia para que no sientas como tu retoño te destroza allá abajo; todo esto con sangre y cochinadas varias. Y entonces la nueva madre se lamenta de no haber tenido dolor de cabeza aquella romántica noche y se pregunta cómo diablos salgo de ésta... Pero no se puede y tus amigas te recuerdan que el parto es como marzo, puede estar lejos pero siempre llega.


Castigo divino... todo por culpa de una manzana



Adorable criatura
Porque después de estar inflada como sandía y con desértica retención de líquidos, la pobre y agotada madre cree que terminó todo y que por fin podrá descansar y volver a tener una anatomía funcional, ser nuevamente hermosa y lozana y disfrutar de las bondades de la vida. Pero la criatura está dotada de pulmones y sabe usarlos. Por si fuera poco, al poco andar se da cuenta que la criatura no tenía sus instrucciones adosadas en la espalda y que no hay SERNAC infantil ante el cual quejarse. Adiós a lujos burgueses y de primer mundo como dormir y comer en horarios decentes. Adiós vida social y ser una despreocupada-niña-a-lo-Candy-me-importa-un-comino-que-el-mundo-se-caiga-en-mil-pedazos-yo-vivo-en-Viena-y-tengo-rulos-perfectos y bienvenida esa maravillosa sensación de que en cualquier minuto tu vida se convierte en el set de Vuelve Temprano.

Y en esta parte el hombre no se las lleva peladas, porque además de tener que soportar, estoico y calladito, que el bellísimo-espécimen-sé-que-no-es-tan-rica-como-para-salir-en-Playboy-pero-igual-salva con la que está casado, pase a convertirse primero en un Frankenstein hormonal, y luego en un estropajo cansado y, a veces, maloliente, sin más energías que hacer callar a la criatura y lograr que sobreviva un día más. Es decir, a él le toca pasar de ser el príncipe-azul-corazoncito-amor-de-mi-vida-tu-ponchera-es-sexy-y-tu-pelada-incipiente-muestra-irrefutable-de-tu-hombría-ven-para-acá-que-me-convierto-en-lo-que-quieras, a ser un córrete-mierda-por-qué-cresta-no-eres-capaz-de-cambiar-un-pañal-no-me-pienso-duchar-porque-tú-ahora-eres-invisible.


¿No sabías, campeón?



Pero no todos son horrores. Como decía más arriba, estas pequeñas criaturas también traen harta felicidad (es eso, o la humanidad es lo más idiota que puede haber por seguir perpetuándose). Y hablando con seriedad, la mini bestia en cuestión no puede ser la responsable de que todo lo relativo a ellas sea un anticonceptivo natural. También es culpa de la función-madre. Estoy convencida que toda mujer, por muy encantadora, desprejuiciada, sensata (de esas hay pocas), dulce y sabía, tiene en sí el germen de la madre-nefasta... pero eso quedará para otra ocasión.


 

23 jun 2014

Brujas (O sobre cómo me encanta el descaro de las malvadas)

Hace algunas semanas fui a ver Maléfica. Yo pensé que ir acompañada por mi hermoso ser humano iba a ser tan obviamente imposible como que yo lo acompañe a ver algo así como Godzila. Pero la verdad es que fue tan sospechosamente sencillo convencerlo, que fue uno de esos hermosos momentos a lo gol-de-media-cancha-Chile-ganando-el-Mundial-o-Jocelyn-Holt-y-Arturito-Frei-Bolívar-sacando-más-de-una-pelusa-porciento-en-las-elecciones: simplemente hermoso y desconocido.
 
Hay que hacer un alto aquí para que se entienda mi fascinación. Cuando mi hermano pequeño me mostró la sinopsis casi lloré de emoción, porque recordé mi adorable infancia y como yo recitaba la película entera... sí, entera. Era incapaz de contar hasta más allá del doce en inglés, pero sabía todo el diálogo; no podía distinguir la izquierda de la derecha (todavía no puedo) pero podía describir todos los detalles de todas las escenas; no lograba abrocharme los zapatos... bueno, ya se entiende (sospecho que si hubiese pasado menos tiempo viendo la película las cosas habrían sido distintas... quizás habría estudiado en Harvard y hoy trabajaría en la NASA. En fin). Amaba esa película, la amaba con pasión y locura. Pero no porque ella fuera perfecta, con su pelo rubio y su cara angulosa. Ni porque él fuera súper guapo y anduviera a caballo. Ni porque fueran príncipes y todo romántico y rosado y los animales del bosque no se acercan para devorarlos con furia. La amaba porque Maléfica, casi al principio de le película, gritaba "¡atrás estúpidos!" y eso me parecía digno de admiración para toda la eternidad. Me fascinaba que dijera estúpidos, a esas alturas de mi vida el peor garabato que se podía pronunciar, que lo gritara con autoridad y, lo mejor todavía, que los estúpidos le hicieran caso.
 
 
 
Toda mi vida he soñado que los estúpidos me obedezcan
 
 
Porque fiel a mi estampa de oveja negra, siempre me gustaron las malas. Las buenas de los cuentos me parecían tontonas desabridas, con esa cosa bondaboba que me exasperaba hasta querer sacar un lanzallamas... todavía un poco... mucho... casi todos los días... tengo uno guardado en mi closet. Me encantaba que fuera malvada, que gritara, que tuviera malos deseos y que de pura rabia se convirtiera en dragón. Seca.
 
Pero si de malas se trata, Úrsula es mi favorita por lejos, porque es la única que era mala porque sí no más. La reina de Blancanieves odiaba con toda su alma -y con toda razón- a su hijastra apestosa-mosquita-muerta. Yafar y Scar querían ser reyes; una vulgaridad común, conocemos a varios políticos-gusanos-y-zarrapastrosos así. La madrastra de la Cenicienta quería casar a sus hijas con el príncipe: toda mujer que se merezca su regalo en el día de las madres haría lo mismo. Gastón quería casarse con la más linda del pueblo: obvio ¿acaso los demás no? Pero Úrsula era maldad pura y desquiciada: es que le gustaba eso de convertir a los demás en gusanos.
 
Hace poco vi La Sirenita de nuevo y me sorprendí. La historia mostraba a una niña curiosa y descocada, que hace tratos con una bruja, acepta condiciones impensables y abusivas porque se anduvo entusiasmando con esto de tener piernas sin leer la letra chica, y por poco termina convertida en gusano cuando la bruja volvió a cobrar lo que era suyo... 
 
 
La reina del marketing
 
Lo más impresionante es que la bruja está en todo momento dentro de la ley: propone un trato incumplible y ella, sabiendo todas las condiciones, acepta pensando que obvio-que-a-mí-no-me-va-a-pasar-cómo-no-cachaste-que-soy-princesa-y-hasta-hicieron-una-película-sobre-mí. Y de hecho, la bruja es aún más honesta y en la parte de su súper y trasvestística canción en que advierte los costos, dice claramente: "Todos se han quejado, pero una santa me han llamado". Seca. ¿Y la heroína-proto-anoréxica qué hace? Obvio. Firma.
 
 
Me anduve acordando de mi banco
 
 
(Es que bueno, si hasta Sampaoli anda recomendando créditos por ahí, uno se entusiasma, ¿no?)
 
 
Siempre me han gustado las malas. Por eso siento fascinación por Cristina Kirchner, Mary Rose Mc-Gill y Anna Wintour. La dulzura como medio para lograr cosas me parecen tremendamente sospechosa y tiendo a desconfiar de la gente demasiado amable-yo-vivo-en-praderas-rosadas-donde-los-conejillos-me-cantan-melodías-al-oído, porque suelen ser personas desalmadas y miserables capaces de destripar abuelitas indefensas para alcanzar sus objetivos. Por experiencia, he aprendido que todas las personas demasiado dulces y encantadoras tienen una agenda oculta. ¿Tu ejecutivo de cuentas te llama para desearte feliz cumpleaños? Seguro piensa enchufarte el nuevo súper mega crédito con 90% de interés. ¿Tú jefa te habla con amabilidad y amor este fin de mes? Partiste a enchular tu currículum. ¿Tu polola te hizo un queque? Corre por tu vida buen hombre que están a punto de hacerte zumbar la tarjeta de crédito.
 
Capítulo aparte merece Cristina Kirchner, a quien religiosamente sigo en sus largas peroratas en twitter -¿en qué minuto trabaja esta señora?-. A riesgo de parecer estúpida, me parece sorprendente la insolencia con que tiene a Argentina al borde del default. No es que haya sido una tarea muy difícil tampoco -decir que Argentina es un país respetable como Alemania es tan estúpido como poner a Girardi en la misma lista que Benito Baranda-, pero me sigue pareciendo interesante-simpático que no se le mueva ni un pelo a la señora y que nunca-nunca parezca un mamarracho al hacer maldades. Es que es precisamente esa completa falta de sobriedad y discreción que refleja en su closet con la que conduce la estrategia política. Notable lo caradura.
 
 
¿De verdad, argentinos, no lo vinieron venir?
 
 
Por este lado de la cordillera las cosas están distintas. Y la verdad es que la Bachelet, pese a su cosa dulzona mofletuda, me conmueve hasta el tuétano y despierta mi más profunda empatía. Es que cada vez que aparece en la tele la pobre, como si no fuera poco tener que lidiar con terremotos, incendios, reformas varias, estudiantes pidiendo-sepa-Dios-qué-diablos; como si no fuera poco tener que aguantar al papasnatas de Arenas y lidiar con los mequetrefes de los partidos de uno y otro lado (le debe despertar ira profunda tanto el insufrible de Andrade como con patrón fundezco de Larraín); como si nada de eso fuera poco, la pobre cada vez que aparece en la tele está pegándole pequeños tironcitos a su chaqueta. Fíjense: mínimos, pequeños y constantes. Yo conozco esos tironcitos y me despierta inmensa ternura, porque son los tironcitos de cuando uno se siente incómoda y trata con artimañas que no se note que el último postre fue un exceso. Los tironcitos de la vergüenza para esconder la panza. Cada vez que la veo haciendo su movimiento de muñeca, me despierta una simpatía enorme y me dan ganas de abrazarla. Linda ella.
 

8 may 2014

Maldito jefe (O sobre cómo permites que un adulto te llame gusano por diversión)

En un lugar de Santiago, cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo había una oficinita simpaticona y desastrosa donde se hacía de todo menos trabajar. Se hacían rifas, se comía helado, se hacían masajes y se organizaban ferias de las pulgas. Se trataba de una oficinita de ventas -aunque parecía que nadie se había enterado de eso aún- en que nadie salía a vender y todos se dedicaban a jugar Candy Crush.
 
 
 
Llegar a la meta mensual era algo así de milagroso 
 
 
Pero lejos lo más divertido de la oficina eran sus jefes, porque si bien era una PYME que nada tenía de ME y mucho de PY, todos eran jefes. Había una Jefa-Jefa, una Sub-Jefa, una Jefecita y dos Alumnos en Práctica Senior; además había un Coordinador, una Supervisora y un Encargado. La mitad de ellos trabajaba media jornada y la otra mitad creía que tenía horario de gerente. El resultado era que en las tardes los alumnos en práctica jugaban a tirar avioncitos de papel con los balances, bien escondiditos eso sí, porque sino las jefas los acusarían de despilfarro.
 
Los jefes son un caso y la relación con ellos siempre va a ser rara -después de todo, se trata de un adulto que le dice a otro adulto qué hacer, cuándo y cómo, que lo evalúa, que tiene el poder de retarlo si se le da la gana, y al que se le debe pedir permiso ...no sé a ustedes, pero a mí todo eso me suena raro-. Y ni siquiera tiene que ver con su forma de ser, basta con que al compañerito-hermano-regalón-todos-te-amamos-quiero-ser-como-tú lo asciendan para que todos se alejen de él como si tuviera ébola. Hay jefes buenos -y se agradecen-, jefes malos y jefes que debieran ser torturados en la plaza pública... de esos voy a hablar.
 
 
Cruella de Vil
 
Usualmente mujeres flacas, neuróticas y semi bonitas, pero malvadas, muy malvadas. Con instinto asesino. Es el tipo de jefas ultra exigentes, que no entienden cómo eres tan blandengue de no ser capaz de destriparte por el trabajo. Ellas se ponen de modelo a seguir y les parece evidente que si manejan al dedillo todos los asuntos de la pega, entonces tú infame renacuajo, debes hacer lo mismo sin que tengas el privilegio de que te explique, porque es obvio-cómo-no-se-te-ocurrió-liliputense-remedo-de-ser-humano que tienes que usar telepatía y leer su mente -eso es lo que ella entiende como proactividad-. Es capaz de comerse a sus hijos a mordiscos y asesinar a su madre a combos con tal de ascender. Por lo que a ti te hará explotar como fuego artificial para que ella brille.
 
Es capaz de decir las peores atrocidades y aplastarte como un gusano sin que te des cuenta. Disfruta cada vez que tienes que pedir una hora donde el psiquiatra y se alimenta de tu sufrimiento, inseguridades y noches de insomnio. Le gusta cuando lloras con hipo porque siente un poco de calorcito ahí donde se supone que tiene que haber un corazón. Te quitará toda la dignidad que puede tener un ser humano y no dudará en hacerte bailar como un monito.
 
Obviamente paga un moco y si puede contratarte a plazo fijo, no dudes que lo hará para ponerte a prueba y hacerte sufrir. Por definición siempre-siempre-siempre -salvo que seas una perra despiadada y sin corazón- te va a ganar, por lo que no trates de hacerte la súper-muy-bacán-acá-te-las-traigo-Peter, porque podrías terminar con el cuello dislocado.
 
 
Créanme, una vez trabajé para una de esas y casi pasé a saludar a San Pedro
 
Ah, si eres hombre estás salvado, pero puede que quiera seducirte.
 
 
 
Montgomery Burns
 
Devoto de la Virgen del Puño y amante de la reducción de costos para aumentar sus utilidades, te exprimirá como un limón apenas tenga oportunidad. Le gusta andar en un Audi, pero pagando el precio de un Lada, por lo que el computador de tu oficina será marca Samsunq, compartirás silla con tu compañerita de oficina e imprimirás usando papel confort por ambos lados. Olvídate de cheque restaurant, bonos, aguinaldos y días libres para tu cumpleaños porque-acá-señores-se-viene-a-trabajar.
 
Sería la definición del jefe egoísta-mano-de-guagua si no promoviese una generosidad sin precedentes respecto al nivel de entrega que tienen que tener sus empleados. Para él no hay diferencia entre su iPab y tú: ambos tienen que rendir al máximo y a mínimo costo. Te hará entender que tu deber es ser su propiedad, porque él es el rey del universo y tú sólo baba de ratón podrido. Si él se levanta a las 5 de la mañana, entonces tú a las 4 tienes que estar con los dientes lavados, porque tienes que estar comprometido con SU empresa. Usaría un látigo para motivarte, pero sospecha que tal vez a los comunistas-resentidos de la Inspección del Trabajo no les haría mucha gracia. Aún así, le tienta la idea y no lo ha descartado completamente.
 
 
Lo peor de todo es que no sabes cuánto odiarlo
 
 
 
Teniente Bello
 
No tiene idea dónde está parado, ni qué hay que hacer  y por su culpa ya has tenido tres cirugías reconstructivas de tanto que te muerdes la lengua para no gritarle que es un idiota. Su nivel de imbecilidad es tan sorprendente que los científicos aún se preguntan cómo lo hace para respirar. Es la prueba viviente de que Darwin estaba equivocado con todo eso de la ley del más apto. Es un completo descerebrado y lo peor es que tu trabajo depende de él, cosa que no parece importarle mayormente porque él es un afortunado y agradecido de la vida. 
 
Tiene un talento insuperable para tomar constantemente la peor de todas las opciones, porque tiene esa insoportable manía de mirar muy detenidamente la hoja de un solo árbol -nunca supo que hay un bosque-. Se caracteriza por su tenacidad para cometer estupideces y por la dedicación con que se esmera para meter las patas. Se apoya en la autoridad que tiene para hablar cuanta imbecilidad se le cruza por la cabeza y espera con sonrisa cándida que le aplaudan todas sus gracias.
 
En definitiva, es violentamente imbécil, pero te lo tienes que callar mientras arreglas todas las pavadas que hace, por lo que tienes que trabajar el doble mientras que el perla se va temprano a su casa.
 
 
Todos sabemos que en verdad tiene razón
 
Si además es inseguro y cobarde temeroso, recomiendo comenzar a redactar la carta de renuncia, porque le tendrá tanto miedo a los clientes que no dudará en aceptar todo lo que pidan y te dirá a ti que lo hagas. ¿Que el vendedor debiera bailarles can-can junto a pastores alemanes hambrientos? No faltaba más. ¿Quieren que construyamos con material de los anillos de Saturno? No hay ni que pedirlo. ¿Les gustaría que todas las mujeres trabajen en topless para ustedes? ¡Tienen toda la razón, santos señores!


Doctor House

Le importas un bledo y cree que te llamas Gusano Estándar. No es su intención hacerte miserable, porque le importas un bledo y la única relación que quiere tener contigo es estrictamente laboral, ojalá con el menor cruce de palabras posible, por eso nunca desperdiciará saliva diciéndote estupideces como por favor y gracias. Aún así, se cree muy simpático e ingenioso con los dardos que tira, pero hasta su madre lo odia, cosa que tampoco parece tenerlo muy preocupado. Es el dolor de cabeza de Recursos Humanos, porque sabe que nunca-jamás lo van a echar porque es un genio -o tiene convencido a todo el mundo que es un genio, lo que para el caso es lo mismo- y tú deberías dar las gracias por dejar que te martirice. Es más, tú deberías pagarle a él para que te enseñe.

Es el único que te dirá en tu cara lo estúpido que eres y lo odiarás porque probablemente tenga razón. Posee la acidez de un limón y sus palabras pondrían a llorar como niña chiquita hasta a Osvaldo Andrade.

Piensa que los insultos son un deporte saludable y su tono basal de voz es al menos 20 decibeles más fuerte de lo normal. Cuando habla suave tiembla en el norte; y si se modera para no gritarte, muere un niño. Eres incapaz de distinguir entre su estado de enojo y el de furia mortal, y le tienes tanto miedo que alejas todos los artículos filosos con los que podría matarte. Lo peor es cuando sonríe, ahí sabes que estás frito.



Te ha gritado tantas cosas que ya olvidaste tu nombre



 
El Conde Drácula

Un maldito chupasandre. Se trata de jefe sin talento, inepto absoluto, gusanillo rastrero, que ha sabido ascender por medio de posicionar buenas ideas... tus buenas ideas. Se trata del jefe-garrapata, que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir por sí mismo y por eso se pega a ti como lapa para vivir de tu sangre, robarte tus ideas y quedar como niño lindo delante de su propio jefe.

Suele engañar a ingenuos bienintencionados invitándolos a desarrollar juntos tal o cual iniciativa del pajarito en cuestión -digamos un nuevo-producto-súper-mega-bacán-que-todo-el-mundo-va-a-querer-tener-, lo que por supuesto significa que el pobre cristiano hará todo el trabajo bajo el beneplácito de su jefe-cucaracha, quien luego le inventará con cara de penita alguna excusa del tipo no-hay-presupuesto o el-directorio-decidió-parar-los-proyectos-de-este-año. Tiempo después nuestro adorable trabajador se sorprenderá con el nuevo anuncio de que su traicionero jefe ha recibido un súper mega bono por la propuesta de una idea que implicará un salto revolucionario en el mercado: nuevo-producto-súper-mega-bacán-que-todo-el-mundo-va-a-querer-tener. El bonus track es que después al empleadito víctima le llega reto por su falta de iniciativa y se lo insta a seguir el ejemplo de la maldita rata que le robó la idea.


Este es su aspecto real


 
Espinita
 
Es la más pura definición del arribismo laboral. No es jefe y tampoco es su amigo -de hecho, el jefe secretamente lo odia- pero quiere serlo y todos sus movimientos cotidianos apuntan en esa dirección. Es el malvado que se cree llamado por Dios a velar por las buenas prácticas del personal, por lo que espía a los demás, anota sus movimientos y secretamente le informa al jefe qué es lo que cada uno habla por teléfono y cuántos minutos se quedan viendo Facebook. Es el primero en llegar, no porque sea más responsable, ni porque viva más cerca, sino porque quiere acusar a los demás si se atrasan un cuarto de segundo. Es el nazi del horario... de tu horario. Se debe sospechar de todo aquel que ante conversaciones-poco-diplomáticas-de-oficina se hace el que está trabajando, no opina y se para rápidamente sin rumbo a la cafetera, la impresora o el baño: seguro que el muy maldito es un Espinita que va corriendo a acusarte al papá-jefe.
 
Sus compañeros lo detestan porque manda mails llamando la atención o dejando mal a los demás; mails en que tiene la delicadeza de copiar hasta al Papa para que se entere de tus faltas. Apenas tenga una miserable cuota de poder la va a usar... en tu contra. Es el rey de los codazos, de los pisotones y de los mordiscos con tal de ascender. Zalamero hasta el asco, pierde su tiempo haciendo tablitas y planillas que muestren su eficiencia en un desplante de automarketing sin precedentes. Es capaz de hacerle las tareas a los hijos del jefe con tal que le den un poquito de amor.

No conoce la vergüenza y tiene el descaro de pedirte favores con tono gerencial, delegando parte -a veces gran parte- de su trabajo en ti-. Campeón indiscutido de la manipulación y de la barsedad, te va a decir que no te cuesta nada, que no te va a quitar más de cinco minutos y que lo más fácil es que te detalle todo en un mail. Tú -gran estúpido- pensarás en las bondades del trabajo en equipo, la sinergia, el hoy por ti mañana por mí y todas esas pavadas que repite la psicóloga laboral de la empresa y que suenan muy parecido a lo que tu mamita te decía cuando eras un niño chico. Entonces apenas te llegue el famoso mail explicativo -que tú encontraste algo exagerado porque después de todo eres capaz de retener una o dos instrucciones- y notas que apenas tu outlook te dio aviso, alguien salió corriendo de la oficina cual Flash. Entonces lo vez y lloras, no sólo porque es eterno, sino que además va con copia al jefe. Y te dispones a quedarte a acampar en la oficina porque el muy maldito te estafó de nuevo -¡de nuevo!- y te hizo creer que un favorcillo es igual a 6 semanas de trabajo.
 
 
 
No debiera haber clemencia para este engendro repugnante
 
 
Si notas que tus compañeros se callan cuando te acercas o -más sospechoso aún- empiezan a hablar de pega de un modo sospechosamente general, toma nota: eres Espinita.
 
 
 
 
 
 
 

3 abr 2014

Vacaciones del terror (O sobre cómo algunos me van a querer linchar por este post)

¡Momento, momento!

Esta historia empieza un poco antes. Un año antes, cuando  fuimos de vacaciones a Perú. Y si bien hubo inconvenientes más o menos importantes (terminé detenida y no pude conocer Machu-Picchu, todo cortesía de la tropa de ineptos-ineficientes-y-malvados-nos-gusta-hacer-llorar-a-los-turistas de Perurail (algo así como el EFE privado-arcaico-qué-onda-que-no-conocen-internet-malditos-Picapiedras, ya contaré ese cuento)), pese a todas las penurias (también pasamos cuquito porque bajando por un cerro en una micro de los años 70 chocamos con un peñasco en la mitad de la carretera y por poco nos caímos a un barranco asesino), fueron unas vacaciones estupendas y juro y rejuro que amé Perú y quiero volver. De hecho, quedamos enamorados y volvimos a Chile pensando que Chilito es un país de la contumelia y triste, en que estamos todos estresados, explotados, alienados y podridos, corriendo de allá para acá para que algún zopenco tenga más lucas en sus bolsillos, con la esperanza de que nos caiga alguna miguita que nos haga felices por un ratito. Y estábamos convencidos que tanto desarrollo no podía hacernos felices, que los malls eran la encarnación del demonio-maldito-Paulmann-sabes-en-qué-lugar-corporal-quedaría-fantástico-tu-mega-edificio y distintas lanerías del tipo que la opresión y comunisterías varias.
 
Entonces pensamos, si Perú nos gustó tanto, si su riqueza cultural nos maravilló y conmovió hasta el tuétano y la pelusita del ombligo, entonces obvio que Bolivia nos va a gustar más aún y no vamos a querer salir de ese país bendito y gritaremos con emoción llévense-todo-el-mar-y-los-ríos-y-hasta-el-jugo-que-tengo-en-el-refrigerador. El argumento nos parecía infalible y si bien no fueron pocos quienes intentaron detenernos con sus caras-de-es-broma-nadie-puede-ser-tan-engrupido, compramos nuestros pasajes y nos preparamos imbéciles felices para las mejores vacaciones de nuestras vidas (me odio). Y como lo TOC se me escapa a veces y soy estructurada-latera, hice un cronograma para tener una idea de qué vamos a hacer, pero sabiendo que las cosas podían ser un poquito más desorganizadas allá, así que incluyendo harta flexibilidad.
 
Ok, díganlo, díganlo:
 
 
Estoy convencida que ante la estupidez infinita el bullying no sólo está permitido, sino que es obligatorio
 
 
 
El viaje partió así: para ir a cualquier lugar del mundo, desde los sofisticados países nórdicos, hasta el Congo o cualquier otro país que siempre está en el último lugar de los rankings de lo que sea, uno toma un avión que sale del aeropuerto internacional, porque todo el mundo sabe que si uno cruza la frontera está en otro país y, por-lo-tanto-es-de-perogrullo-no-puedo-creer-que-haya-que-explicarlo, es algo internacional. Obvio. Y como es tan obvio, para Bolivia no aplica. Porque el vuelo Santiago - La Paz, señores, sale del terminal nacional, lo que significa nada de Duty Free para mí. Eso es una tragedia, porque si yo pago sobre 100 lucas en un pasaje de avión, espero que el mundo me lo reembolse con la oferta de chucherías sin impuestos... Esto debió despertar alarmas, pero no, porque en esa época me las daba de hippie-anti-sistema-soy-la-reina-de-la-paz-eliminemos-las-fronteras-y-cultivemos-flores.
 
 
 
Algo por el estilo
 
Aterrizamos en La Paz y la falta de aire de verdad que se nota. Entonces uno se pone un poquito estúpido, un poquito grogui, un poquito me-voy-a-desmayar-quién-fue-el-chistoso-que-planificó-una-ciudad-a-4-mil-metros-sobre-el-nivel-del-mar.
 
Para no latear con los pormenores y cada detallito que despertaba mi ira profunda, además del terror justificado que nos inspiraba el tener que decir en voz alta que somos chilenos, sinónimo evidente de Voldemort, voy a hacer un súper ultra resumen condensado. Porque en cierto sentido, estas vacaciones fueron como una partido de fútbol entre algo así como la selección de Brasil o Alemania y el equipo de baby del geriátrico El Abuelito Lindo, donde yo salí trasquilada sin ninguna misericordia.
 
 
Las carreteras: Bolivia: 1 - Anna: 0
 
Resulta que la sierra es una zona bastante alta en plena Cordillera de Los Andes, llena de barrancos bestiales y con carreteras que son una especie de broma macabra. Sumado a eso, los autos, buses y cualquier cosa con motor son de la época de los dinosaurios y sospechosamente carentes de cosas tan absurdas como revisión técnica, bujías y frenos. Y por si fuera poco, el boliviano no se caracteriza por su cautela y espíritu ACHS, pero sí por su estilo práctico aunque nada cívico, razón por la que siempre-siempre-siempre-siempre tomará las curvas por el lado corto. Si eso implica cambiarse de pista; da igual. Si eso implica cambiarse de pista dando vuelta a un cerro y sin ninguna visibilidad: pero si paso rapidito. Si eso implica cambiarse de pista dando vuelta a un cerro y sin ninguna visibilidad con una lluvia torrencial; ¿qué diablos tiene que ver el clima en todo esto? Por eso en Bolivia la principal causa de accidente de transito es el choque de frente. Notable.
 
Pero yo no sabía tanto detalle y con la candidez e ingenuidad de quien espera que si las cosas existen es para que se respeten, me subí a un busecillo destartalado rumbo a la muerte el lago Titicaca. Juro que pensé que iba a morir y ya me imaginaba la crónica que harían sobre nosotros en los diarios chilenos. Porque mientras esta bestia con permiso de manejar encontraba simpáticas sus acrobacias automovilísticas, yo me acordaba de mi pasado religioso conservador y desempolvaba por si las moscas los padrenuestros y demases. Y juro que vi el túnel y a angelitos querubines a poto pelado. Y comencé a planear mi venganza post-mortem, imaginando cómo vendría a atormentarlos a todos convertida en fantasma. Y me puse blanca y verde y de todos colores. Y me puse a llorar a gritos, con tanta indignidad y moquito que todavía me acuerdo con leve vergüenza.
 
Y esa no fue la última vez. Nop.
 
Porque si bien todos los viajes son una salto al vacío en que uno implora que si la mugre de bus choca, por favor que sea mientras duermo, acá las cosas fueron distintas. Queríamos viajar de Sucre (linda ciudad, debo reconocerlo) a Santa Cruz (imitación de Franklin... sin desmerecer Franklin) para ya finalizar la tortura el viaje. Como nota anecdótica, cuando googleé cómo llegar de Sucre a Santa Cruz, lo primero que apareció fue la noticia de un terrible accidente de un bus desbarrancado debido a las espantosas-e-indignantes-para-todos-menos-para-adivinen-Bolivia-condiciones-del-camino. Como personas bien portadas compramos nuestro pasaje con anticipación y después de una lluvia espantosa y torrencial hay-un-tipo-por-ahí-reuniendo-animales-en-parejas-y-construyendo-un-arca, en que la autoridad no sé qué advertía que las rutas estaban peligrosísimas y pedía cuidado a los conductores, en ese contexto vimos nuestro bus. No sé cómo explicar con objetividad lo que vi. Creo que basta con decir que pensé "tengo absoluta certeza que si me siento ahí moriré esta noche". Haciendo una analogía y para que usted, estimado lector, se haga una idea de lo que sentí en ese momento, sería más o menos como ver esto:
 
 
 


 
Juro que en comparación esto está impecable... y ni hablo del olor porque sería grosero
 
 
Entonces ante mi desesperación y parálisis nerviosa, en que sólo lograba vociferar sin ningún pudor ni elegancia improperios poco diplomáticos y dignos de la expulsión inmediata del país (lo hubiese agradecido), mi adorable compañero preguntó con la seriedad y temple que lo caracteriza -todo lo que es el complemento- por las condiciones de seguridad del viaje. El encargado, un imberbe de 15 años recién entrado a los estragos de la adolescencia, lo miró con la misma extrañeza como si le hubiese preguntado sobre física cuántica en chino mandarín avanzado. Al insistir respondió que lo más probable es que haya que bajarse a empujar el bus en algún momento de la noche, con harto cuidado eso sí porque el camino no estaba iluminado. Al preguntarle con más detalle si hay muchos accidentes respondió, cito textual, "bueno, eso ya dependerá del destino".
 
¡¿QUEEEEEEEE?!
 
Huelga decir que ante la respuesta hubo más llanto, más moco y más tiritones nerviosos, más imágenes sobre mi funeral y las nubes del cielo (después de esto, me importa un comino que nada de eso exista: yo me gané el cielo y punto).
 

 
El sistema de transito: Bolivia: 2 - Anna: 0
 
Hace algunos días leí en La Tercera que Orrego, nuestro pernito y motivado nuevo Intendente Metropolitano, decía que tenemos una ciudad poco amable para los peatones y ciclistas, todo para hacerle nanai a las personas que van en auto. Lindo él. En La Paz los semáforos, pasos de cebra y discos pares son parte del decorado solamente. Los cedas el paso son tan estúpidos e incomprensibles que prácticamente no se dan la molestia de ponerlos. Por esta razón, los peatones son como una tropa de gallinas que corren despavoridas por su vida y que a nadie le importa tirarles el auto, camioneta, camión o buldócer encima.
 
 
 
 
No encontré una gallina con gorrito, pero esa es la idea
 
 
No miento si digo que ante tanto caos llegué a preguntarme si en Chile no tendremos sobrevaloradas cosas tan burguesas como la seguridad y la vida humana. Eso sí, al llegar a Iquique lloré de emoción y patriotismo cuando puse mis piececitos en la calle y todos los autos pararon.
 
 

 
Las gracias de Evo: Bolivia: 3 - Anna: 0
 
Una de las cosas simpáticas de Bolivia es que la palabra vale huevo y la planificación es algo tan ridículo-impensable-espantoso como puede ser la educación gratuita para la UDI. El sí es no sé y el no es azul. Las reglas del juego pueden cambiar en cualquier momento, así como los precios, los horarios y el sistema métrico. Las horas a veces duran 20 minutos y otras 70, y en realidad es cosa de extraterrestres esto de andar preocupado por la precisión.
 
Por eso, cuando uno de esos días Evo Morales anunció, para regocijo de sus compatriotas, que iban a expropiar el aeropuerto, a nadie pareció extrañarle y si bien me preocupé un pelín por la seguridad no me importó tanto, porque a esas alturas ya había decidido que nunca-por-ningún-motivo-y-bajo-ninguna-circunstancia-prefiero-la-lepra-antes-de-retractarme volvería a pisar Bolivia. Sin embargo, cuando el terremoto vino con réplica y se anunciaba que desde ese mismo día se le prohibía a Lan Chile operar en Bolivia, se me revolvieron las tripas, se me heló la sangre, tirité con terciana y les dejé un mar de transpiración nerviosa.
 
 
Recreación-para-nada-alterada de mi cara de muerte
 
 
Y como pensé -todavía no aprendía- que Evo hablaba en serio y que la medida sería efectiva inmediatamente, porque resulta que soy tan zopenca que pienso que si un Presidente de la República toma una medida y la anuncia al país con seriedad y parsimonia, entonces la medida obviamente tiene efecto, entré en pánico y me imaginé cruzando la frontera con las piernitas que Dios me dio al mero estilo Diego-de-Almagro-y-su-súper-paradisiaca-expedición-descubre-Chile-esto-es-justo-lo-que-soñé-durante-todo-el-año-para-mis-vacaciones-mientras-trabajaba-como-burro.
 
O peor, que me quedaría ahí para toda la vida y moriría en La Paz y nunca más volvería a la tierra de la ley y el orden (porque a esas alturas para mí Chile era sinónimo de Suiza y quería abrazar un semáforo, tirarme de guata en un paso de cebra y darle un beso de agradecimiento a un carabinero). O peor aún, que me tendría que volver en avión boliviano y morir de angustia (recordar el horror de los buses).
 
 
Gracias Evo por producirme la peor de las diarreas de la historia de las tripas
 
 
 
Finalmente no pasó nada, porque por allá se habla mucho, pero nunca pasa nada. Los aviones de Lan siguieron con todos sus vuelos programados e igual de sobrevendidos que siempre (te odio Lan, pero eso es otra historia).
 
Y logramos llegar a Iquique, donde pude respirar con calma nuevamente. Mi felicidad fue completa y absoluta y me importó un comino que las Isapres nos desplumen, que las AFPs, que la educación, que la salud, que el Transantiago. Y amé a todos y cada uno de nuestros políticos, desde el insoportable Larraín hasta al cara-dura-cómo-siguen-votando-por-él de Girardi. Y me saqué el sombrero ante nuestros empresarios multimillonarios. Y me sentí en el jardín del Edén y quise cantar el himno nacional a todo pulmón.
 


 
Hice lo mismo al volver a Chile. No es broma
 
 
Las lecciones fueron evidentes:

1. Bolivia es un país con fecha de vencimiento; si no vas a los 20 y buscas pasar en estado de ebriedad todas tus vacaciones, entonces evítalo.
2. Si dispones sólo de 3 semanas al año de vacaciones, no seas tan bestia de ir a Irak, el Congo o Bolivia.
3. Habiendo tantos países en el mundo, estando Perú, Argentina, Brasil, Ecuador, y Colombia a la vuelta de la esquina ¿por qué, Dios mío, por qué por tus neuronas maltratadas pasan impulsos que hacen que pienses que Bolivia es una alternativa? ¡Qué pasa contigo!