7 ene 2016

Gimnasio (O sobre las torturas de la vida moderna)

Siempre dije que el deporte mata, que las zapatillas son peores que las siete plagas de Egipto y que preferiría la inanición a controlar la inevitable fluctuación bascular por medio de mover el esqueleto. Y resulta que en una muestra estupenda de coherencia, o signo inapelable de tumor cerebral, desempolvé mi buzo horrendo y con la misma determinación de soldado que va  a la guerra, partí al gimnasio a inscribirme, no por uno, ni dos, ni tres, sino que por seis meses (en mi defensa, la promoción era irresistible...).  ¿La razón? Sería impúdico confesar unos kilos de más o los incipientes estragos de la fuerza de gravedad, así como la malvada e inclemente huella del tiempo, por lo que quedemos en que fue una de esas cosas raras e incomprensibles que hacen las mujeres.

Llegó el momento de ir al gimnasio


La primera experiencia, porque la prudencia y el partir de a poquito es un pensamiento sensato que no se me da, fue una clase de spinning. Rico. ¿Cómo ocurrió que uno se termine sometiendo voluntariamente a semejante tortura patentada por la DINA? ¿Quién diablos puede ser tan masoquista de estar una hora pedaleando como imbécil, transpirando amazónicamente y al borde del infarto (o en mi caso, del llanto incontrolable)? Si la vida ya es difícil y malvada, si el día a día ya es una patada en nuestro dulce, tierno y maltratado potito, ¿por qué, Señor, por qué diantres participar de actividades rudas y que tienen poco amor? Juro por Dior que yo no tenía idea de nada de esto cuando, oh ingenua y estúpida, entré a la primera clase. Con la arrogancia del ignorante pensé "no puede ser tan terrible, obvio que voy a ser ultra-seca-deslúmbranos-con-tu-talento porque tengo un arma secreta: durante un año me he ido todos los días a la pega en bici, atentos mortales que acá viene su líder". Menos mal me quedé calladita cuando el profesor se me acercó para explicarme cómo funciona el artefacto. Menos mal. Porque la humillación ya fue bastante grande. El resto del grupo se veía variopinto: la típica neurótica flacucha y medio engrupida, el pelado parrillero simpático obligado por la señora o el doctor, la universitaria entusiasta, el joven profesional y, por supuesto, la gorda con pinta de bosta que hará que uno no pierda el honor. Tres minutos bastaron para que el profesor se acerque a mí con cara de preocupación y circunstancia para preguntarme si tengo problemas al corazón o si me habían trasplantado hace poco, porque nunca en su vasta experiencia había visto un desempeño tan lamentable. Gracias. Tuve que escapar de ahí: "que me tengo que ir, sí, tengo una reunión un poquito importante, es que bueno, sí, Obama y Putin me están esperando, resolveremos el conflicto en Medio Oriente". Todos se dieron cuenta de mi indigna huida. Nunca más volví.


No pueden hacer nada sin mí

Pero como ya había firmado el contrato por seis meses, y peor, ya los había pagado -brillante, Anna, cada día es una nueva superación-, me armé de valor y seguí yendo a levantar pesos y desarrollar músculos que durante años, muchos, han estado viviendo en el mundo de la perezosa felicidad. Entonces mi rutina mutó por los suaves parajes de las máquinas de pesas. Si uno no lo piensa, no es tan desagradable y se va despertando una cosa medio competitiva en que toda tu vida se juega en poder levantar cinco kilos más sin que la fuerza se escape de forma bochornosa.


Homero es de los míos


Con la habitualidad empezaron a surgir cosas que jamás se me habían pasado por la mente. Por ejemplo, la tenida. Desde que tengo uso de razón, nunca me ha gustado ser un mamarracho; herencia de mi madre (gracias mamá, mi billetera te lo agradece...). Pero entiendo que la elegancia tiene que ver con el contexto y es obvio que si voy a transpirar como esquimal en pleno metro de Santiago y hacer movimientos inconfesables a plena luz del día, entonces basta con un saco de papas. Primer error. Llegué con mi buzo polvoriendo, mis zapatillas compradas en la época de colegio (juro que es cierto) y una polera que se ha salvado desde que tenía 15 años de ser paño de sacudir, y fue bastante similar a cuando el más nerd del highschool le confiesa su amor a la jefa de las porristas al lado del mariscal de campo: absolutamente todos me miraban con esa risita  maligna que hace que tu corazoncito se muera de a poco. Entonces, como a mí me gusta el bullying sólo cuando es autopropinado, partí a comprar una indumentaria que me ayudara a pasar desapercibida. Segundo error. Porque la sección de deportes evoca sin pudor los colores de Candy Crush en talla ultra XS, por lo que es imposible -repito IMPOSIBLE- usar colores que a) sean sobrios, b) sean combinables, c) no recuerden a las vitaminas C. Y tan apretadito. Inocentemente, cuando ya me conformé con el fucsia y el verde limón, busqué algo que no tenga las pretensiones de ser una segunda piel. Es que, si voy a ir al gimnasio es precisamente para hacer desaparecer aquellas redondeces que no quiero que se anden asomando por ahí, entonces ¿por qué recontra diablos estos genios de diseñadores sádicos y malditos se ganan los porotos creando ropa que no dejará absolutamente nada a la imaginación? ¿Y qué es esto de derrochar arribismo por ahí al creer que los chilenos tenemos cuerpo de nórdicos? ¿Por qué diablos hacen todo tan largo? "¿No hay ropa para gente normal? ¡Es la tiranía de los flacos, discriminan a los gordos!", grité en la tienda, mientras juraba y rejuraba que todos iban a empatizar con el horror que es parecer bombita de agua. Tercer error. Porque en el mundo del deporte todo es ultra cool y sin esfuerzo y a nadie parece importarle estas cosas tan loosers como sentirse incómodo o definitivamente idiota.

Han pasado algunas semanas y ya tengo archienemigos (mi chico guapo insiste que soy una especie de imán de archienemigos), a la cuales detesto con toda mi alma. Una es una maldita gusana: una cabra larguirucha e indolente, con su metro setenta, sus piernas kilométricas, su pelo largo y brillante, y su guata tan plana que se le marcaría si come un dulce. La odio. Porque mientras yo figuro en la elíptica transpirando hasta mis pensamientos a una velocidad tortuguesca y redactando en voz alta mi testamento; aparece ella, con esa ropa horrenda, que a ella sí le queda bien y, no contenta con eso, en vez de oler al fin del mundo huele a Ariel y Soft. La odio. Otra es una ridícula entusiasta, que disfruta toda esta tortura, que está a punto de morirse al llevar a su cuerpo a un extremo absurdo, pero con una sonrisa de placer la muy maldita. ¿Qué pasa con ella? Otro es la copia (in)feliz de Woody Allen: un enanito miserable (cómo tendrá que ser de tacuaco para que yo lo diga) y gritón, que se cree ultra especial y que habla con gestos exagerados y piensa que todos se tienen que reír de sus desvaríos y se cree el rey del lugar siendo completamente ridículo... (...quizás no sea tan desagradable después de todo).

En fin, el gimnasio es un lugar espeluznante y las endorfinas no son la maravilla que prometen ser. Por eso me invade una ira-profunda-dónde-está-mi-lazallamas cuando los amigos de lo políticamente correcto, la vida sana y todas esas patrañas, me hablan con tono condescendiente para repetir las maravillas del deporte y lo hermosamente hermoso que es mover las piernas. Como si esto fuera lo más natural del mundo -obvio que desde tiempos inmemoriales leones, monos y koalas se dedican una hora al día a subir y bajar las patas, levantando cocos cada vez más pesados- y no la consecuencia de tener que estar cerca de 50 años de nuestras vidas cuadrando el poto en un escritorio frente a un computador en horario de oficina (y también sonriendo como tarados, porque qué rico y viva el trabajo, sííííííííííííííííí), mientras nuestro cuerpo reciente la esclavitud inactividad, poniéndonos fofos y feos.


Sí, es una mierda

... pero ya será ese tema para más adelante.

20 dic 2015

Mujeres II (O sobre dos especímenes que debieran ser asesinados inmediatamente)

Lo he dicho hasta el cansancio, a riesgo de parecer que es mi único tema: las mujeres, con todo ese mundo ultra femenino y pelotudo, no son santas de mi devoción. Juro y re juro que prefiero un nido de serpientes de cascabel rabiosas y con hambre, antes que un grupete de féminas encantadoras y políticamente correctas. De hecho, me parece más plácido y atractivo pagar mis impuestos sin ningún atisbo de elusión, que un ambiente cargado de estrógeno (salvo que se trate de mis amigas, quienes se sienten cómodas con su maldad infinita y tienen la amabilidad de ser unas brujas descaradamente bestias, lo que se los agradezco por montones porque así no tengo que andar disimulando santidad).
Obvio que todas comentan que la rubia no es natural y que en verdad se llamaba Pedro
Entre toda la jungla de minas insufribles, hay dos tipos que me revientan, dos especímenes horrendos que debieran ser erradicados sin demora ni piedad. Son dos tipos de mujeres que me despiertan una ira profunda, en que su sola presencia hace que me hierva la sangre, se me eche a perder el día y me den ganas de golpearlas brutalmente o sacar un lanzallamas. Insisto. No son todas, sino que solo dos. Dejo fuera a la vieja caradura, a la pechoña, a la gorda pinochetista, a la militante bigotuda, a la mala madre y a la que se cree buena también, a la arribista, a la mandona, a la Espinita (conozco una y es insoportable, pero igual la dejo fuera), a la princesa, a las novias (todas insufribles: sépanlo ya, a nadie le importa que cambien el estado civil y las fifen legalmente), a la cotorra, la cobarde, la prepotente y la ultra buena, a la narcisista malvada (todas), la vanidosa y la que no tiene una gota de grasa (maldita, ya te haremos engordar), la hippie, la perfecta (muere, cerda), la loca, la jefa déspota, la controladora y la celosa, la fea sin pudor, la avasalladora, la cabra chica, la que se cree simpática, la fundamentalista, la cabra mañosa, la burócrata amargada, la chupamedia y la patética enamorada del jefe, la que le coquetea a los maridos ajenos y a los papás de las amigas, a la vieja alolada tóxica, la perna, la monja y la remilgada, la bruja no declarada y la que solo habla de sus niños (¡feos!)... y, en fin, una larga lista de etcéteras.

Lo que une a estas dos es que la reacción es siempre la misma: absoluta sorpresa ante los increíbles niveles a los que puede llevar: sólo tres letras, CTM.

La-mina-tonta-que-no-lo-sabe

Ojo, no tengo nada contra la estupidez. De hecho, en algunos contextos me parece francamente adorable y yo misma, más seguido de lo que quisiera, derrocho imbecilidad con un talento digno de profesional. La tontera de ciertos personajes públicos me resulta enternecedora y considero encantador cada vez que algunas abren sus boquitas y dicen algo fascinante que hace gala de sus orígenes de macaco.

Pero la-mina-tonta-que-no-lo-sabe es otra cosa. Por supuesto, la-mina-tonta-que-no-lo-sabe no lo es por no saber, porque obviamente no le podemos andar pidiendo a la gente que tenga absoluta conciencia y conocimiento del nivel que alcanza su idiotez. Pero siempre hay cierta sospecha de que, en realidad, uno no tiene dedos para todos los pianos, cosa que esta mina aún no se ha enterado y piensa, tonta ella, que puede intervenir en todos los bailes. Entonces se acerca con suma seriedad y absoluta falta de respeto, demostrando sin pudor su completa falta de capacidad para unir dos puntos. Dueña de una lógica sorprendente, resulta toda una aventura cada vez que abre la boca, porque es imposible anticipar qué tipo de pelotudez va a decir. Lo peor de todo es que todas las veces que me he topado con una de éstas -más de lo que mis nervios y escuálida paciencia son capaces de aguantar-, siempre siempre han tenido cierto tipo de poder.

La-mina-tonta-que-no-lo-sabe suele verse delatada por su cara de impávida tontera, que refleja su completa incapacidad para distinguir el día martes del color azul. Al principio uno la ve y, si bien Pepe Grillo avisa que no hay que darle ninguna oportunidad, ningún atisbo de beneficio de la duda, lo desprejuiciado está de moda, entonces uno igual la escucha, engañados por su apariencia de homo sapiens. Pero no, en esa cabecita no hay materia gris. No la hay. Pero el asunto no queda ahí, porque como decía, no es el inevitable torrente de imbecilidad lo empelotante, sino que el desparpajo y completa falta de pudor con que articula ideas que no pueden ser más que de antropológico interés.

Por supuesto, no tiene opinión, cosa de la que tampoco se ha enterado, pero curiosamente es lo más burra que hay, por lo que es imposible razonar con ella. No reconocería un matiz ni aunque su vida dependiera de ello y la humanidad podría extinguirse con rapidez si estuviera a su cargo. A ratos con ella, lo que corresponde es el enojo, otras veces es la sorpresa absoluta. Los médicos dicen que es peligroso para la salud tomarla en serio.

Ay, la amo

Mina jodida

Hace más o menos un año atrás estaba en un avión, un bus o un taxi (la ambigüedad es a propósito porque la historia es sorprendentemente real) y escucho la afligida voz de una mujer que se acaba de dar cuenta que perdió su iphone, botella de agua o corchetera (ídem). Resulta que en un acto de estupidez comprensible, empatizable y, sobre todo, absolutamente atribuible a su propia responsabilidad, había dejado el artilugio, digamos que en la cafetería del lugar de embarque (ok, no era un taxi). Con apuro y sin vergüenza tocó cuantas veces pudo el botoncito que llamaba al auxiliar o azafata. No contenta con eso, se paró de su asiento, caminó por el pasillo y volvió a sentarse al menos  tres o cuatro veces (su compañero de asiento, el pobre y anónimo desconocido que no tenía ningún pito que contar en esta historia, no dijo nada, lo que daba risa). Entonces cuando llegó la adorable y estupenda señorita auxiliar (ok, tampoco era un bus) a pedirle a la energúmeno que por favor se siente, le plantea que ha perdido su iphone, botella de agua o corchetera y que es fundamental volver a la cafetería en cuestión para recuperar tan indispensable objeto, atraso que por supuesto, cómo no, todos los demás pasajeros iban a considerar razonable. Quise escupir a la azafata cuando enganchó con el dolor-tozudez-maleducación de la mujer en cuestión y la llevó donde el piloto con la esperanza de que el admirable-cristiano-que-durante-una-hora-tendría-literalmente-nuestra-vida-en-sus-manos pudiese dar alguna respuesta (es importante comentar que a estas alturas el avión se encontraba por partir a la pista). Ignoro qué habrá ocurrido en la cabina de piloto, pero a juzgar por la indignación de la bestia en cuestión al volver y que el avión ya se movía, asumo que no fue la respuesta favorable que, obviamente, esperaba. Ya en el aire, volvió la sinfonía de timbrazos a la azafata, a quien le vociferaba la responsabilidad de la línea aérea en la recuperación de su iphone, botella de agua o corchetera, exigiendo que el piloto se comunique con la torre de control, para que ellos se comuniquen con el counter de Lan, para que envíen a un emisario que vaya a ver en el asiento de la ventana de la cuarta mesa de la cafetería si acaso estaba por ahí el iphone, botella de agua o corchetera. Lo mínimo, obvio. Y como la gente de Cueto no tiene más responsabilidad que velar por las chiquilladas de sus clientes, la pobre y bien maquillada azafata hubo de volver donde el capitán para que dirija parte de su atención destinada a llevarnos a salvo a destino, a indagar qué diantres fue del artefacto en cuestión. Hubo muchos dimes y diretes, rasgaduras de vestidos, algo de llanto y argumentos incomprensibles. Finalmente, el asunto terminó en una carta de reclamo de más de cuatro planas (tuvo que ocupar los márgenes para manifestar su indignación), la que escribió con pulso tembloroso y boca apretada (sí, mirar todo esto era mucho más entretenido que leer la revista del avión o dedicarme a cualquier cosa concerniente a mi propia vida).

¡¿Qué onda esta mina?! ¿Qué descalabro hormonal o de neurotransmisores motivó todo esto? ¿Qué diablos pasa por la cabeza de estas minas que creen tener la razón cuando alegan que los planetas no giran alrededor suyo? Y más importante aún, a riesgo de que las feministas me acusen de bestia, ¿cómo es que nadie nunca les ha propinado el merecido combo de hocico que a gritos piden que les den?


CTM...


Ah. Nunca hubo botella de agua ni corchetera: era un iphone.



1 dic 2014

Dietas (O sobre por qué odio a Newton y su ley de acción y reacción)

En una de esas absurdas y memorables conversaciones de sobremesa dominguera, en que ya se sentían los efectos del vino y filosofando sobre las maravillas de estar en este lugar de la cadena alimenticia y no en el del pollo que acabábamos de comer, hablábamos sobre cosas tan serias y trascendentes como el destino de Jocelyn-Holt y los misterios de la campana de goma. En eso estábamos cuando uno de nosotros, con la profundidad y agudeza que lo caracteriza, preguntó cuál sería el súper poder que nos gustaría tener. Mientras los hombres decían estupideces como volar, controlar mentes y convertir el papel en billetes de 100 dólares, yo pensé que el mejor de todos es, por lejos, el súper poder de comer y no engordar.

Ya, sí sé que eso existe y que no es la última maravilla, sino que es una enfermedad terrible y que los niños en África, y que la opresión a la mujer, y que cosa más espantosa que la frivolidad de esta niñita ¡caray! Pero digan lo que digan, prefiero mil veces parecerme a Kate Moss que ser la versión chilena de Miss Piggy.
 
 
 
 
Sí, bueno, no sé, la encontré notable
 
 
El problema es que lo que engorda es mil veces más tentador que lo que no, porque si las manzanas fueran tan extraordinarias como nos quieren hacer creer los hipsters, la raza humana -con su instinto de flojera infinito- no se habría dado la molestia de inventar helados, pastelitos y chocolates. Creo firmemente que entre más calórico es un alimento más delicioso es (salvo las sandías que son la maravilla-máxima-de-la-creación-de-aquí-a-la-eternidad-muera-quien-diga-lo-contrario, razón por la que me paso 10 meses al año con un antojo incontrolable y un vacío en el corazoncito). Pienso que el bendito creador del suspiro limeño es un genio digno de adoración, cuyo natalicio debiera celebrarse con un feriado de tres días; que el pastel de jaiba es lo más brillante que se inventó después de la rueda; que entre más maloliente y putrefacto es un queso más delicioso resulta; que no vale la pena vivir en un país sin paltas, chirimoyas ni manjar, y que los helados son mucho más efectivos contra la depresión que el Prozac. Estoy convencida que la forma más gloriosa de honrar la vida de una vaca es por medio de un asado generoso y que ser vegetariano es un desaire imperdonable a la creación de Dios y debiera ser castigado sin piedad por no respetar las leyes de la naturaleza (¡prefiero un hijo narco antes que uno vegetariano!).
 
 
 
Hola mi amor
 
Lamentablemente para mí, mi metabolismo -gracias al hipotiroidismo herencia de mi madre... gracias mamá, de verdad, gracias...- se mueve con la velocidad y pasión de funcionario del Registro Civil con gripe a las 5 de la tarde, y engordo con solo pensar en comida. No me ayuda mucho mi escuálida fuerza de voluntad y las palabras prudencia y moderación son para mí conceptos tan raros como podrían serlo honestidad y probidad para Guido Girardi. Es que hay que admitir que un chocolatín después de almuerzo es una acción tan tentadora e irresistiblemente pecaminosa como lo es para los honorables subirse el sueldo cada cierto tiempo.
 
Por suerte para mí, sí, soy una estúpida, de repente se me prende la neurona-anoréxica-cuenta-calorías y me subo a la pesa para llorar desconsolada ante los estragos cometidos. Entonces me doy cuenta que frente a mí se encuentra la bifurcación fundamental: dieta-militar-ni-los-nazis-fueron-tan-extremos o ser la doble de la tía Sonia.
 
 
 
 
Le tengo más susto a ella que al SII
 
 
 
Entonces empieza la horrenda cruzada para lograr el noble fin de abandonar la morbidez y volver a los dominios de la talla confesable. Y mi refrigerador, ante la mirada atónita e impotente de mi hermoso ser humano (sí, amor mío, dijimos que en las buenas y en las malas... y éstas son las malas) se convierte en un jardín insípido, lleno de pastito, brotes raros y verduras de inconfesable sabor, causales todos de suicidio. Y elimino también el fiel y compañero vinito blanco que me escucha rabiar cuando vuelvo de la oficina, único ser que me encuentra toda la razón porque yo soy genial y el resto aprendices de idiotas. Y me pregunto en qué diablos estaba pensando cuando dejé de fumar, porque ¡qué diantres hago ahora con las manos! De a poco, muy de a poco, me empieza a cubrir un ánimo sombrío y malvado, me baja el instinto asesino y me dan ganas de estrangular a todas las patilargas flacuchas y felices. Porque ponerse a dieta, lejos de ser una oda a la salud y dar vitalidad y alegría al cuerpo, lejos de ser esa especie de paraíso perdido y fantabuloso en que te das cuenta cuánto amas la vida y lo afortunada que eres de estar conviviendo con los pajarillos y las mariposas, porque sientes que has florecido en un mundo de paz y amor, lejos de todo eso, estar a dieta es una de esas experiencias malditas e irascibles, bastante similar a lo que sería que a tu estúpido y pre adolescente vecinito le regalen una gaita.
 
 
 
 

¡¿Dónde está mi fusil?!

 
 
 
Acá la cosa se empieza a poner compleja porque con esto de las maravillas del internet hay información para lo que se pida, toda completamente contradictoria y enredada, así como clase de religión en colegio de Los Legionarios. Que los carbohidratos no; que sí, pero sin proteínas; que las verduras tienen que ser de 3 colores; que no hay fórmulas mágicas; que sí; que la palta es veneno; que es lo mejor que te ha pasado en tu vida. Entonces resulta que uno hace una cosa y mete las patas, que hace otra y las mete de nuevo, porque hay toda una pseudo-ciencia-medio-charlatanesca-medio-de-verdad (como la psicología) de cómo es la cuestión y si los animales lo saben por instinto, buena suerte la de ellos porque, pucha-qué-mala-suerte, con el humano es distinto. Es que si usted pensó que el asunto es cerrar la boca no más y que la biología haga lo suyo, así como lo hicieron nuestras abuelas y las abuelas de nuestras abuelas, está muy equivocado ignorante lector. Porque hay una serie de inimaginables datos que uno nunca habría pensado, y que sospecho que dan lo mismo, que los nutricionistas están dispuestos a contarte por la módica suma de 50 mil la consulta-ni-te-creas-que-es-reembolsable-por-tu-Isapre-tirana.
 
Una vez fui a una nutricionista de esas que salen en el matinal y que son ultra divas por lo que hay que matar a un cristiano para conseguir una hora con ellas. Y juro que la susodicha-ultra-eminencia estaba más loca que yo y mi madre juntas. Claro, porque yo, toda cándida y linda criatura, fui con el corazón en la mano para pedirle a esta fuente de sabiduría infinita, oh buena e iluminada mujer, que me dé parte de su conocimiento para llevar una vida en armonía con la cadena alimenticia y un cuerpo sano y todas esas cosas medio hippie de hace algunos años atrás (hippiedades por las que terminé yendo de viaje a Bolivia: si quiere lamentarse de mi infortunio, lea Vacaciones del Terror). Y la mina-soy-ultra-empática-pero-nica-te-atiendo-a-la-hora me dio una especie de recetario ultra específico y detallista, supuestamente personalizado, que tenía que seguir al pie de la letra, porque sino ocurrirían cosas calamitosas como el rearme de la Unión Soviética y un rebrote del Ébola. Obvio que me dio una dieta imposible de seguir, porque era absolutamente incompatible con una vida normal. Era como tener ingeniería metida en mi cocina, con mezclas insólitas y poco apetecibles, con razonamientos tan extraños como que si le ponía vinagre a la manzana iba a poder comer más (¡qué diantres es eso!) de no sé qué cosa, pero mucho cuidado que no sea después del quincuagésimo snack de la media tarde, porque sino se activa la no sé cuantito y recuperas todos los kilos más el reajuste del IPC.
 
 
 

Así de intrincado era el asunto

 
 
Lo otro son las recetas mágicas, que por supuesto que son absolutamente ridículas y hasta dan un poco de vergüenza confesarlas. Pero ahí está una, haciendo caso omiso del propio CI, comiendo chía a pie pelado durante cuatros días seguidos, antes de la luna llena, porque obvio que si la luna tiene un influjo en el océano, lo va a tener también en toda esa grasa que religiosamente acumulamos: es de una lógica impecable. Y no faltan los secretos de la naturaleza que la tía Cucha, seguramente en venganza de tu niñez-destroza-todo, amablemente te ofrece (para no decirte directamente que se compadeció de ti, maldito cúmulo de cochinadas): que toma jugo de alcachofa; que agüita de patita de gato; que si escondes un anillo de oro bajo la cama de tu hijo menor bajarás el doble.
 
Ahora estamos en diciembre, ya hay calorcito y se vienen las vacaciones, por lo que miente descaradamente aquella mujer que, con aire despreocupado y ultra cool, dice que está comiendo lechuga porque es más fresquito; miente la que cambió el pisco sour por champañita porque es más rica; y sin ninguna duda miente la que dice que el bikini nunca ha sido tema para ella (salvo que en verdad sea una maldita afortunada de cuerpo glorioso impune a la biología). Eso sí, no hay nada más desquiciante que la flacucha preocupada por el medio gramo de pellejo imaginario que tiene por ahí: si usted es una de ésas, por favor cállese y deje que las demás vivamos esta insoportable e iracunda época de inanición en paz.


 

22 nov 2014

Terror en las alturas (O sobre el pánico que me dan los aviones)

La semana pasada (bueno, ya ni tan pasada, porque me he demorado mil años en escribir estos párrafos) surgió en mi oficina un viaje de trabajo, por lo que tuve que ir flash a Punta Arenas. Y obvio que me anduve encandilando con tanto kilómetro Lanpass que ni pensé en la logística del asunto. Entonces me las di de súper cool y mostrando férreo compromiso con la empresa y su política de ahorremos-costos-y-compremos-lápices-boc, tomé los vuelos con los horarios más nefastos del planeta Tierra, para ir y volver a las puertas de la Antártica (porque se pasó que es lejos, ¿cómo diablos se le ocurrió a la gente irse a vivir para allá con tanto frío y viento?) a precio huevo en poquito más de 24 horas.
 
 
 
Más lejos que la contumelia

 
Pero más allá de los horrores de pegarme estos trotes a mi avanzada edad (Ver Cumplir 30 ), lo que aún (sí, aún) me tiene al borde del suicidio y con 40 puntos menos de CI, no consideré un pequeño gran detalle fundamental para este tipo de hazañas: le tengo pánico a los aviones y no es broma que siempre antes de subirme a uno redacto un escuálido y pobre testamento, legándole a mi familia mis cuatro plantas semi marchitas y los tres tristes pesos que tengo en el banco.
 
Y sí, yo sé que es más probable morir aplastada por Godzilla que estar en un accidente de avión y que las medidas de seguridad rayan con lo ridículo, pero me da cuco igual. Quizás todo esto sea culpa de mi morbosa fascinación por las películas de catástrofes en que la azafata mala siempre sale volando por los aires y la buena se dedica a lo Rambo a salvar niños y abuelitos zopencos incapaces de abrocharse el cinturón de seguridad.
 
El asunto es que siempre que estoy en el counter subiendo las maletas (sí, porque la coherencia no se me da y viajo harto) estoy segura que soy la heroína (obvio) de una de esas películas de bajo presupuesto y miro a las demás personas de la fila como si fueran los personajes secundarios con mini historias poco importantes en el dramón infernal que estamos empezando a protagonizar. De hecho, casi podría jurar que, cuando estamos avanzando en la fila con cara de inocentes-aún-no-sabemos-que-el-avión-se-partirá-en-mil-pedazos, todavía aparecen las letritas de los créditos iniciales.  




No hay ninguna posibilidad que piense en algo así

 
Y siempre siempre que estoy en la fila para subirme al avión me las doy de Yolanda Sultana con poderes mágicos y juro y re juro que ahora sí que sí tengo un presentimiento súper claro y poderoso de que un pajarito inoportuno se meterá en las turbinas y caeremos en picada gritando como bestias. Por suerte para mi bolsillo, y reputación, la vergüenza me la gana y nunca he hecho un espectáculo merecedor de la poco digna camisa de fuerza. Bendita coerción social.
 
Entonces me subo al avión, mientras mi mini-me interior grita como desquiciada y me surge esa imperiosa necesidad de tomar whisky como si fuera agüita mineral, pero poniendo cara de soy-una-mujer-cool-y-con-mucho-mundo: dignidad ante todo. Y trato, nótese, trato, de sentarme, porque, aquí viene mi queja SERNAC, ¿qué pasa con LAN y su política de optimizar recursos? Yo soy tamaño hobbit y juro que apenitas puedo acomodar mi metro y poco de estatura en esos minúsculos asientos, y ni pensar de cosas tan lujosas y burguesas como dormir un poquito: comodidad 100% Transantiago.



Los genios de Lan que nos llevan a pensar que ésta es una postura cómoda


Y volviendo a la historia, íbamos exactamente así, con el matiz que me toca al lado la reina de la empatía, quien con el tacto y delicadeza de una motosierra, después de hablar hasta por los codos y contarme sobre su ex pololo, su jefa, su mamá y su vecina, sin siquiera parar para respirar, me cuenta que ha ido mil veces a Punta Arenas y que el vuelo se siente similar a ser una bolita dentro de una centrifugadora. Entonces recordé a mi madre que en tiempos antiguos me comentó, como quien no quiere la cosa, que el único accidente que ha tenido LAN es en Punta Arenas porque, obvio-cómo-diablos-no-lo-pensé-antes, el viento es cosa seria. Y si no me puse a llorar como niñita ahí mismo fue porque me había puesto una cantidad estúpida de rimel y no quería que cuando encontraran mi cuerpo entre los escombros del avión -porque evidentemente se iba a caer- me vieran con la pintura toda corrida. Como dije, dignidad ante todo.



Los tengo a todos engañados con mi cara cool: me sale igualita


El punto es que asustadísima por los vaticinios de la malvada criatura sentada a mi lado (la muy yegua me dijo que el avión se azotaba: usó la expresión SE AZOTABA!!), sumados a las advertencias de una encantadora compañerita de oficina, quien con suma delicadeza me detalló sin ningún tipo de decente censura lo mucho que chilló y lloró volando a Punta Arenas (si por esas cosas de la vida estás leyendo esto, te odio...)
 
Ni qué decir el terror que me dio cuando esta caja fósforos con alas agarró vuelo y se escucharon los motores a todo trapo, sonando a más no poder. Cualquier persona normal o con un mínimo de ubicatex en el cuerpo, se va mirando por la ventana o leyendo un libro o cantando tararí-tarará con despreocupación, mientras las personas que saben del asunto, y que han pasado miles de horas entrenando para que el pedazo de metal con gente vuele como los pajaritos (el milagro más impresionante después de ese de las bodas de Canaán), hagan lo suyo. Pero no, yo me voy con el cuerpo apretado y más concentrada que ajedrecista, pendiente de cualquier ruidito extraño que pueda haber. Porque obvio que en ese momento me las doy de doctorada en aviación y levanto la oreja, importándome un comino que no tengo ni la más mínima idea de estas cosas, y que no sabría distinguir un despegue normal de una explosión fulminante. Y todo esto con la yegua de mi compañerita de asiento que no paraba de filosofar sobre las vicisitudes del maní y reírse de sus tallas (nadie que se ría de sus propias tallas merece vivir).

El resto del vuelo fue bastante tranquilo, salvo por (obvio) mi compañerita que recién a la altura de Temuco tuvo la delicadeza de dejar de parlotear. La llegada a Punta Arenas tampoco fue la súper ultra batidora que me habían prometido, lo que fue un pequeño problema porque, en mi alma de Anna O., tenía redactado un final espectacular, en que el avión se agitaba más violento que vibrador de solterona Opus Dei, y todos gritaban aterrados, mientras producto de los vientos el avión se iba en caída libre y el piloto nos pedía por altoparlantes que rezáramos a cualquier dios que conociésemos. La verdad es que mi final era de lujo y completamente desinhibido, producto de la cantidad de piticlines que tenía en el cuerpo, sumado a mi siempre apañadora petaca para situaciones extra difíciles de las que no me quiero acordar (porque yo había jurado que ese vuelo nica lo hacía sobria).

Así que fue, más que nada, una desilusión la llegada, cosa que mi hermoso ser humano no me podía creer cuando le conté estando ya en tierra, mientras se tomaba la cabeza a dos manos sin entender el nivel de locura que le estaba contando.

 

14 sept 2014

Cumplir 30 (O sobre cómo empieza el declive)

Hace varios años, cuando TVN incursionaba tímidamente en el mundo de las teleseries nocturnas y sus tramas no eran todavía una sumatoria incansable de psicópatas-asesinos-pedófilos, hubo una que se llamó "Los Treinta", en que se mostraban las aventuras de cuatro matrimonios amigos ultra-cachilupis-y-exitosos. Y yo pensaba, con la ingenuidad de una chiquilla universitaria, que los treinta obvio que tenían que ser una época estupenda en que el mundo está a tus pies y te sientes un agradecido de la vida mientras ves correr conejillos juguetones y rosados en el inmenso jardín de tu casa por la que, obviamente, no estás endeudado hasta la eternidad.


Tiempos ingenuos en que una pechuga era lo más sórdido que se veía en televisión

 
 
Pero 9 años después la realidad, con esa dulzura y suavidad que la caracteriza, me ha mostrado que las cosas son un poquito diferentes a lo que muestra TVN, y que los 30, lejos de ser esa continuación fantabulosa de la adolescencia, pero ahora sin espinillas ni uniforme de colegio, tiene ligeros sinsabores con los que no contaba.

Un poquito de contexto por acá. Resulta que por estos días estuve de cumpleaños y -oh, sorpresa y originalidad- cumplí 30 (apuesto que no lo veía venir señor lector). La verdad de las cosas es que me gusta cumplir años, sobre todo porque es un día en que el universo se centra en mí, la fuerza de gravedad funciona en mi honor, todos los semáforos están en verde para mi deleite y las calorías no cuentan. ¡Día feliz! Además que me gusta esto de parecer mayor y no tener que andar ganándose el respeto de nadie. Pero este año las cosas han sido distintas: este año sentí el peso implacable del paso del tiempo. Por su puesto que no se trata de una epifanía a lo Dr. House, sino que de una serie de mini eventos, de dudosa importancia; una sumatoria de situaciones que de repente te van sorprendiendo, de a poquito; un compilado de cambios minúsculos e imperceptibles que sumados tienen la misma sutileza de un piano reventándose en la calle.

Es que a los 30 ya se tienen alrededor de 5 años de experiencia laboral en el cuerpo, lo que implica dos cosas: por un lado, un hermoso y simpático poder adquisitivo -si se tiene suerte cada vez menos tímido. Además los bancos-buitres te acosan como actor de Hollywood ofreciéndote el oro y el moro, explicándote que eres un cliente súper-duper-especial, por lo que el mismo gerente general dio la orden de que se te ofrezca la nueva tarjeta de crédito con un cupo realmente estúpido en pesos, dólares y euros, ofreciéndote mini premios y zanahorias para que gastes con vocación de Transantiago. Y tu, joven idealista. comprometido con la sociedad y el bienestar del mercado -además que digámoslo, recién a los 30 puedes reconocer que la piscola es harto mala y que los gustos caros son mil veces mejor-, te abocas a la noble tarea de hacer zumbar el plastiquito con dibujos que tu ejecutivo tuvo la cortesía de mandarte y le haces caso a todas las críticas gourmet de las revistas, a todas las recomendaciones de tus amigos, y te conviertes en el hijo pródigo del marketing, porque para ti todos los días te mereces un premio y si no gastas como condenado ¿para qué diablos trabajas, caray?. Pero entonces llega el día en que el banco -maldito avaricioso- te manda amablemente el estado de cuenta de tu tarjeta, la que bien podría estar escrita en chino mandarín avanzado porque te resulta más imbricada y compleja que pregunta de Fernando Paulsen, con un número exorbitante y completamente ridículo que te hace perturbar la paz de tu oficina con tus gritos de angustia y dolor (juro que nunca ha pasado en la vida real). Entonces, víctima de la amnesia económica, buscas dónde diablos está el error porque estás convencido que has actuado con austeridad franciscana y te preguntas en qué minuto gastaste una suma similar a la deuda externa de Argentina, en qué clase de bestia irresponsable te has convertido y por qué carajo tu apellido no es Matte. Y mientras la culpa te carcome, juras y re juras que nunca jamás volverás a ser tan imprudente, que vas a anotar religiosamente tus gastos en una planilla Excel, que vas a ser más ordenado y riguroso que administrativo del SII. Y entonces la conoces y te sientes grande: bienvenida caña financiera.


(Mi amor, si estás leyendo, esto NUNCA le ha pasado a tu ordenada mujercita)


Por otro lado, la otra consecuencia de tu incipiente curriculum es que has sido durante 5 años el último eslabón de la cadena alimenticia. Durante este tiempo, mientras te esforzabas por alejarte de la indignidad y mequetrefería del alumno en práctica, destinaste tus mejores años para que tu jefe todopoderoso pose sus misericordes ojos en tu indigna humanidad y te dé tareas más desafiantes que servir café y comprar los útiles escolares de sus hijos, y no te diste cuenta que ya no eres ese lindo universitario capaz de correr maratones con exorbitante entusiasmo. Me faltan vacaciones, dices, estoy un pelín cansado, respondes. Y te pillas prefiriendo tus pantuflas al súper taquillero after office, odiando a tus amigos irresponsables que todavía celebran su cumpleaños en día hábil. Pero no te das cuenta de nada hasta que te sorprendes gritándole por el balcón a tu vecinito y sus amigas que bajen la música o llamarás a los pacos, que es jueves, que esta juventud es tan irresponsable, que algunos trabajamos para que le sociedad funciones cabro de la contumelia... ¡dónde está mi fusil! Entonces caes y te das cuenta que no es que estés cansado, no es que estés trabajando como niño vietnamita, sino que tu cuerpo ya no aguanta cómo antes. Y recuerdas esa mañana, tras una inocente noche de pisco sour, que pensaste que estabas con Ébola y morirías. Y notas tus negras ojeras colonizando tu cara. Y sientes que tu cuerpo se resiste ante la idea de trasnochar un día martes.


Justo el día de la presentación al directorio

Porque aquí viene la triste noticia: a los 30 se acaba el cuerpo glorioso y la caña aparece multiplicada por todos esos años de irresponsable ebriedad y exceso. De a poco te das cuenta que hay cosas que ya no puedes hacer: tratas de correr y te sientes tan ágil como una iguana, tratas de saltar y te das cuenta que apenas te moviste un par de centímetros gordo insulso. Empiezas a conocer el dolor de espalda y de cuello y de brazos y de piernas, y el doctor te manda a hacer exámenes de órganos que no sabías que existían, mientras miras con cara de incredulidad y te sientes como una chiquilla de doce. Pero lo peor viene cuando tratas de adelgazar esos kilitos insolentes que subiste sin darte cuenta mientras seguías comiendo las mismas cochinadas que siempre consideraste inocuas para la salud. Porque antes con una pequeña dosis de disciplina y activando levemente la neurona anoréxica, lograbas bajar con la misma velocidad con que se ha desacelerado la economía. Ahora no. Ahora hay que tener cuidado y empezar a inventarte que las ensaladas son lo más tentador del planeta y las comidas insulsas una bendición del Señor.

Pero eso no es todo, porque mientras te levantas para ir a trabajar, arrastrando tu cansado y ligeramente gordo cuerpo al baño, analizando las distintas opciones para suicidarte sin dolor, la ves: ahí está, insolente y descarada, blanca y brillante la muy maldita, la que llegó para quedarse. Ya te habían salido otras canas y hasta te había dado un poquito de risa, pero esta es la primera gota que anuncia la lluvia, porque es la que te avisa que de ahí en adelante todo será cuesta abajo. Y con ojos rojos te miras al espejo y no puedes creer que ese ser horrendo y deslavado usa tu piyama.
 
Entonces ese mismo día llega la nueva adquisición de tu empresa: Pelafustancito Jr., el joven entusiasta recién egresado que viene con sus títulos y magísters, con sus ideas y entusiasmo, y que desde ahora serivá el café. Es apenas unos años menor que tú, pero se ve inverosímilmente colegial, con espinillas, con cara de guagua y pinta de guagua y todo de guagua. Usa palabras raras que no le entiendes y habla de lugares que nunca habías escuchado. Se ríe de cosas que te parecen estúpidas y no se ríe de tus bromas geniales.


Imposible no detestarlo

Y de nuevo caes, no es culpa de la juventud, tú has cambiado.

Entonces, todo empieza a encajar y te das cuenta que el tiempo pasa, pero...

... lo peor



...es que cada día te pareces más a tu madre.