Cuando lo cuento nadie me cree a la primera. Y cuando juro y rejuro que es verdad, sin que se me mueva un pelo y sin reírme ni un poquito -prueba infalible de que estoy mintiendo-, la gente me mira con cara de esta-mina-es-más-rara-que-estampida-de-unicornios. Lo cierto es que fui crecida y criada por ese sector ultra conservador religioso que a todo el mundo le parece raro, menos a ellos. Digamos que estuve en uno de esos colegios con nombre de cerro-árbol-o-cualquier-cosa-ligada-a-la-naturaleza-pero-no-somos-esos-cochinos-hippies y que para poder entrar piden carta de recomendación del Papa, del Presidente de Estados Unidos y de Pinochet. En uno de esos colegios con fundador tan ultra santo que todos hablan sobre él con ojos en blanco-al-borde-del-orgasmo-no-importa-si-eres-hombre-y-te-gusta-el-fundador-porque-es-tan-santo-que-nunca-sería-algo-gay.
Y a todos les parece tan raro-terrible-qué-diablos-te-hicieron, que cuando lo cuento se sorprenden, me hablan con un poquito de compasión y me preguntan si duele. Casi casi como si hubiese crecido en Villa Baviera.
Si bien tengo que confesar que todavía me quedan vestigios de los horrores padecidos, como por ejemplo que a veces me sorprende que la gente lo encuentre TAN raro, con el paso de los años me he ido dando cuenta de cosas que en verdad eran terroríficas. Y como parece que me gustan los recuentos, acá van algunas:
El purgatorio
Cuando era una adorable niñita de 5 años y estaba en kinder, había una señora de la época de los dinosaurios que de repente iba a enseñarnos algo de inglés. Algo, porque en mi colegio apenas se enseñaban cosas tan irrelevantes como inglés, filosofía o física, y menos se leían las cosas comunistas de Neruda o la Isabel Allende, ni las cochinadas de Vargas Llosa o García Márquez. Como sea, cuando era una encantadora niña pequeña de rodillas peladas y corte de pelo de pelela, iba esta señora gruñona y octogenaria, que se suponía que debíamos querer como si fuera un abuelita de cachetes rosados, pero que en verdad nos daba terror porque era malvada y porque sus várices tenían vida propia. El punto es que esta viejuja era medio miscelánea y no sólo nos hablaba en inglés y nos retaba cuando los dibujos nos quedaban feos (juro por mis zapatos nuevos que es cierto, de hecho, una vez nos tuvo mucho rato retándonos porque había que pintar un chancho y algunas nos pusimos creativas y lo pintamos con colores tan escandalosos como morado, amarillo o verde), sino que también hablaba de Dios y del infierno.
La verdad es que a mí el infierno nunca me dio mucho susto, porque me miraba a mí y a mis compañeritas y las veía tan bien portadas e inocentes que pensaba que nunca ninguna de nosotras haría algo tan atroz como para que te castiguen para toda la eternidad con fuego y ropa andrajosa (muchos años más tarde descubrí que la maldad es más elegante y sutil, pero ese ya es otro cuento). Entonces estaba segurita que me iba a ir al cielo y que Dios me iba a recibir contento y que iba a jugar al cachipún con mi ángel de la guarda, porque yo era una niña buena.
Hasta que llegó ella, la viejuja, con sus lunares peludos y su bastón-arma-mortal. Y nos contó del purgatorio. Porque no había sólo cielo e infierno, sino que Dios había sido tan ingenioso y precavido que se le había ocurrido que sólo quería ser amigo de los buenos-buenos y que el resto podía comerse un moco. Entonces, si cometías cualquier pecadillo venial-mini-pequeño; llámese no obedecer, ser poco señorita, engordar mucho o, en el caso de los adultos, pagar el sueldo mínimo, quedabas fuera del club de los amigos de Dios y anda olvidándote de saltar entre nubes y cantar como los angelitos. Y ahí se me acabó la fiesta: a ése sí que sí me iba a ir seguro, porque desde chiquitita que ya se me notaba lo Anna O.
Lo que nos dijo fue lo siguiente. Resulta que Dios no es el abuelo súper buena onda que manda a su lacayo Viejo Pascuero a darle regalos a los niños, sino que más bien es algo así como un súper ultra contador medio rencoroso que deja registro de TODO. Entonces, todo lo que uno hiciera y, no contento con eso, todo lo que uno pensara en la Tierra, queda registrado en un gran libraco de esos de contador antiguo. Así cuando uno se moría, sólo podía entrar al cielo si el libro estaba blanco albo impecable, porque eso acreditaría que eres bueno bueno. Si tenías cosas escritas con lápiz a pasta -es decir, si alguna vez en tu vida tuviste la mala ocurrencia de cometer un pecado mortal, de esos que te matan el alma y hacen que te pongas gris y seas muy malo, no hay pero que valga porque sí o sí te vas a pasar el resto de la eternidad con diablitos con cuernos y cola, sin ver nunca más a tus papás -cosa muy importante para una niñita de 5 años- ni a ninguno de los que te quiere. En cambio, si tu libro está lleno de frases en lápiz a mina, las cosas no son tan reversibles y se pueden arreglar. Para eso el bueno de San Pedro te pasaba una gomita de borrar, de esas que están pegadas atrás del lápiz a mina, y que por lo demás borran como la mona, para que limpies tu horrendo libraco acusador. Y eso se hacía en el purgatorio... Ah, si se te acababa la goma, sonaste.
¿Moraleja? Portarse bien y hacerle caso a la mamá, no desobedecer ni hacer preguntas raras, para así no tener que pasarse tanto tiempo borrando.
Ahora bien ¿quién diablos puede tener tan poco corazón y sensatez para meterle tanto susto a niñitas encantadoras e inocentes? Huelga decir que desde entonces tengo una extraña obsesión por las gomas de borrar, las que junto ordenaditas en cajas de zapatos (por eso compro tantos) y grito como condenada si alguien osa tocarlas, mirarlas, olerlas.
El chicle
En mi colegio era común que las clases de religión las hiciese cualquier persona supuestamente-buena-porque-va-a-misa-todos-los-días-y-es-súper-piadosa-pasa-todos-los-recreos-arrodillada-y-con-ojos-embobados-o-cara-de-sufrimiento. Y como el filtro era reguleque, pasaban cosas insólitas.
Había una profesora que juro que el SENAME le debería haber echado una mirada, porque tenía tanto amor por los niños y talento pedagógico, como Osama Bin Laden tenía instintos pacifistas. Y la verdad es que también hubiese sido bueno si de vez en cuando le hubiesen metido los dedos al enchufe y puesto una coqueta camisa de esas que las mangas se amarran por detrás de la espalda. Yo le tenía susto. Mucho susto. Creo que nunca le hablé. Me hizo clases desde primero a cuarto básico y durante esos cuatro años tenía la costumbre de que si pillaba a alguien comiendo chicle, se lo sacaba con sus manotas de la boca y se lo pegaba en el pelo. Ya es asqueroso que una desconocida-no-dentista te meta sus dedos en la boca. Y ya es malvado que te lo pegue y te obligue a quedarte con él hasta que le dé la gana. Lo realmente perturbador era el infinito-placer-esto-es-como-un-orgasmo-porque-se-me-olvidó-decirles-que-la-bestia-en-cuestión-era-célibe que ella sentía cuando manoseaba el chicle y lo enredaba en el pelo de su víctima a la altura de la nuca. Porque, claro, parte de la gracia era que uno tuviera que tomar tijeras después y adquirir un hermoso corte de pelela.
Años después le perdí la pista y no supe qué fue de ella. Sea como sea, le deseo que tenga una linda vida llena de caca de paloma.
La verdad es que a mí el infierno nunca me dio mucho susto, porque me miraba a mí y a mis compañeritas y las veía tan bien portadas e inocentes que pensaba que nunca ninguna de nosotras haría algo tan atroz como para que te castiguen para toda la eternidad con fuego y ropa andrajosa (muchos años más tarde descubrí que la maldad es más elegante y sutil, pero ese ya es otro cuento). Entonces estaba segurita que me iba a ir al cielo y que Dios me iba a recibir contento y que iba a jugar al cachipún con mi ángel de la guarda, porque yo era una niña buena.
Hasta que llegó ella, la viejuja, con sus lunares peludos y su bastón-arma-mortal. Y nos contó del purgatorio. Porque no había sólo cielo e infierno, sino que Dios había sido tan ingenioso y precavido que se le había ocurrido que sólo quería ser amigo de los buenos-buenos y que el resto podía comerse un moco. Entonces, si cometías cualquier pecadillo venial-mini-pequeño; llámese no obedecer, ser poco señorita, engordar mucho o, en el caso de los adultos, pagar el sueldo mínimo, quedabas fuera del club de los amigos de Dios y anda olvidándote de saltar entre nubes y cantar como los angelitos. Y ahí se me acabó la fiesta: a ése sí que sí me iba a ir seguro, porque desde chiquitita que ya se me notaba lo Anna O.
Lo que nos dijo fue lo siguiente. Resulta que Dios no es el abuelo súper buena onda que manda a su lacayo Viejo Pascuero a darle regalos a los niños, sino que más bien es algo así como un súper ultra contador medio rencoroso que deja registro de TODO. Entonces, todo lo que uno hiciera y, no contento con eso, todo lo que uno pensara en la Tierra, queda registrado en un gran libraco de esos de contador antiguo. Así cuando uno se moría, sólo podía entrar al cielo si el libro estaba blanco albo impecable, porque eso acreditaría que eres bueno bueno. Si tenías cosas escritas con lápiz a pasta -es decir, si alguna vez en tu vida tuviste la mala ocurrencia de cometer un pecado mortal, de esos que te matan el alma y hacen que te pongas gris y seas muy malo, no hay pero que valga porque sí o sí te vas a pasar el resto de la eternidad con diablitos con cuernos y cola, sin ver nunca más a tus papás -cosa muy importante para una niñita de 5 años- ni a ninguno de los que te quiere. En cambio, si tu libro está lleno de frases en lápiz a mina, las cosas no son tan reversibles y se pueden arreglar. Para eso el bueno de San Pedro te pasaba una gomita de borrar, de esas que están pegadas atrás del lápiz a mina, y que por lo demás borran como la mona, para que limpies tu horrendo libraco acusador. Y eso se hacía en el purgatorio... Ah, si se te acababa la goma, sonaste.
¿Moraleja? Portarse bien y hacerle caso a la mamá, no desobedecer ni hacer preguntas raras, para así no tener que pasarse tanto tiempo borrando.
Ahora bien ¿quién diablos puede tener tan poco corazón y sensatez para meterle tanto susto a niñitas encantadoras e inocentes? Huelga decir que desde entonces tengo una extraña obsesión por las gomas de borrar, las que junto ordenaditas en cajas de zapatos (por eso compro tantos) y grito como condenada si alguien osa tocarlas, mirarlas, olerlas.
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| Algo así recuerdo a la viejuja en mi infancia |
El chicle
En mi colegio era común que las clases de religión las hiciese cualquier persona supuestamente-buena-porque-va-a-misa-todos-los-días-y-es-súper-piadosa-pasa-todos-los-recreos-arrodillada-y-con-ojos-embobados-o-cara-de-sufrimiento. Y como el filtro era reguleque, pasaban cosas insólitas.
Había una profesora que juro que el SENAME le debería haber echado una mirada, porque tenía tanto amor por los niños y talento pedagógico, como Osama Bin Laden tenía instintos pacifistas. Y la verdad es que también hubiese sido bueno si de vez en cuando le hubiesen metido los dedos al enchufe y puesto una coqueta camisa de esas que las mangas se amarran por detrás de la espalda. Yo le tenía susto. Mucho susto. Creo que nunca le hablé. Me hizo clases desde primero a cuarto básico y durante esos cuatro años tenía la costumbre de que si pillaba a alguien comiendo chicle, se lo sacaba con sus manotas de la boca y se lo pegaba en el pelo. Ya es asqueroso que una desconocida-no-dentista te meta sus dedos en la boca. Y ya es malvado que te lo pegue y te obligue a quedarte con él hasta que le dé la gana. Lo realmente perturbador era el infinito-placer-esto-es-como-un-orgasmo-porque-se-me-olvidó-decirles-que-la-bestia-en-cuestión-era-célibe que ella sentía cuando manoseaba el chicle y lo enredaba en el pelo de su víctima a la altura de la nuca. Porque, claro, parte de la gracia era que uno tuviera que tomar tijeras después y adquirir un hermoso corte de pelela.
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| Algo así era su cara de placer, pero sin lo tierno |
Años después le perdí la pista y no supe qué fue de ella. Sea como sea, le deseo que tenga una linda vida llena de caca de paloma.
El billings
Según mi colegio si hacías cosas tan horrendas como ocupar bikini o usar la pollera muy corta, le ibas a terminar cayendo mal a Dios y serías una mujer libertina-pécora-descarriada-nadie-te-va-a-tomar-en-serio-porque-tu-cuerpo-es-muy-santo-y-no-hay-que-mostrarlo-por-ahí-tápate-cochina. Pero si usabas anticonceptivos segurito te ibas al infierno -porque todos sabemos que es mucho más grave tomarte una pastillita que tener millones de utilidades a base de pagar sueldos bajos-.
Pero mis profesoras tampoco eran tontas y sabían que la alternativa de pasarse entre los 20 y los 45 pariendo como conejo no era una opción muy atractiva. Entonces hablaban de la solución intermedia: el siempre asqueroso método de billings -¿a qué clase de pervertido cochinón se le puede ocurrir esto?-. Sin entrar en profundidades, guácala, se trata de un modo en que se evita hacer cositas los días en que es más probable que llegue un nuevo regalón. Método súper ultra efectivo, que sólo falla en un 25% si lo haces del modo "típico" (en algún lado lo leí). Y te machacan años de años, no muchos porque cuando chicas nunca-jamás-Señor-mío te hablan de sexo, que el único modo de tirar con Dios al medio es estando abierto a la vida. Y por consiguiente, el billing es la única forma de hacer el trío celestial sin que tu familia parezca equipo de fútbol.
Yo logro entender que a algunas mujeres les parezca que esto es fantástico, de veras, y que sea súper-lindo-estar-en-comunidad-con-Dios-porque-pucha-que-es-rico-es-como-ser-compinche-de-Jesús, pero francamente ¡¿qué diablos les pasa a sus maridos?!
Confieso que empatizo con ellos. De veras. Porque mientras ellas se dedican a mirar cunitas y van a tecitos y tienen una vida rosada de mujer de gerente de banco; ellos ¡tienen que ser el gerente de banco y pagar todo eso! Entonces están dale que dale trabajando en una pega que secretamente odian, con un jefe al que abiertamente odian, para que ella pueda mirar la casa de 4 piezas y jardín que gordo-además-queda-al-lado-de-la-mamá, y para que vaya metiendo a la prole al colegio que cobra-400-lucas-de-arancel-pero-piensa-gordo-no-seas-egoísta-lo-lindo-que-van-a-ser-los-amiguitos-del-guatón. Porque mientras ella dice que hace todo por sus hijos; él en verdad hace todo por sus hijos. Y así él se aguanta una jornada laboral de 10 horas con el pelmazo de su jefe -que a propósito, también se aguanta 10 horas con el pelmazo de su jefe-, lo que suma alrededor de 200 horas mensuales de infame manduqueo. Si a eso se suman dos horas diarias de tacos, queda que la mitad de su vida hábil la dedica a sostener la vida del resto. Pero este pobre hombre tiene que dormir, supongamos 7 horas diarias. Lo que da que un 70,6% de su día hábil este pobre hombre lo pase trabajando como burro.
Pero su mujercita practica billings. Entonces llega él y quiere estar un ratito con ella-mi-amor-y-si-cierras-la-puerta-para-que-los-niños-no-entren. Es-que-gordo-hoy-día-no-se-puede-porque-acuérdate-que-billings-y-Dios. Y nada que hacer, es que es billings y Dios... ¡¿QUÉ?! ¡¿Cómo recontratuétanos aguanta eso?!
Bonus track: la misa
Debo confesar que para mí la misa siempre fue y, las veces que tengo que ir a una, sigue siendo la mayor de las torturas inventadas por la humanidad. En el colegio nos decían que Jesús murió en la cruz, lo azotaron y le pusieron una corona de espinas POR TI y tú -malvada-ingrata-gusana- no eres capaz de dar apenas una hora a la semana... (insertar cara de pena y decepción y chorreos de culpa me-quiero-morir-cómanme-los-gusanos). Sí, claro, apenas una hora, pero por lejos la hora más larga de la semana. Esto no puede ser más que la venganza de Dios. ¡Y más encima un domingo en la mañana!
¡Qué torturidad, qué aburrición más espantosa! Juro que cada vez que el cura abre la boca siento que envejezco 60 años y que la sangre me corre más lento y que me voy encogiendo y convirtiendo en polvito.
Y juro que no me puedo quedar quieta, entones empiezo a mirar a todo el mundo y a moverme de un lado para otro, pero sin que se note que estoy tan aburrida los-adultos-no-se-aburren-tanto-mátenme-cuándo-se-acaba-esto-por-qué-diantres-el-reloj-corre-para-el-otro-lado-esto-es-una-agonía.
¡Qué torturidad, qué aburrición más espantosa! Juro que cada vez que el cura abre la boca siento que envejezco 60 años y que la sangre me corre más lento y que me voy encogiendo y convirtiendo en polvito.
Y juro que no me puedo quedar quieta, entones empiezo a mirar a todo el mundo y a moverme de un lado para otro, pero sin que se note que estoy tan aburrida los-adultos-no-se-aburren-tanto-mátenme-cuándo-se-acaba-esto-por-qué-diantres-el-reloj-corre-para-el-otro-lado-esto-es-una-agonía.
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| Yo en misa mientras trato de verme cool no estoy para nada desesperada acá |
No me cabe duda que en mi pobre cabecita reprimida -porque en estos colegios uno aprende que la represión sí funciona- quedan miles de miles de historias que mi adorable psicoanalista aún no ha desempolvado, sapos y culebras que van a dejar salpicado su diván de cochinada. Pobre.



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